7 de septiembre de 2006

Pregón de Fiestas 2006

AURELIA MARTÍN GONZÁLEZ
SALVADOR RODRÍGUEZ SANTANA
19 de Agosto de 2006

Buenas noches.
Señor alcalde, señoras y señores de la Corporación Municipal; vecinos y vecinas de Villavieja y amigos visitantes.

Cuando el señor Alcalde nos invitó a pregonar las fiestas en honor a la Virgen de Caballeros, aceptamos por colaborar con el Ayuntamiento, y sobre todo, por estar con vosotros una vez más en este salón donde en tantas ocasiones y por diversos motivos hemos compartido alegrías.

Nuestro deseo es que también esta noche, al recordar momentos compartidos, seamos capaces de hacer aflorar en vuestra alma sentimientos de apacibilidad y alegría que os predispongan a vivir con armonía las fiestas que llegan.

Nos preguntamos, ¿y qué decimos en el pregón? Porque hacer una actividad formal y casi literaria dentro de un ambiente festivo, no es fácil.

Y más aún habiendo escuchado a algunos de los pregoneros de años anteriores que, como hijos del pueblo que eran, lo hicieron desde sus más gratos recuerdos de la infancia. Cosa que nosotros no podíamos hacer, pues, como bien sabéis, no hemos pasado aquí, ni nuestra infancia ni nuestra juventud.

Sin embargo, sabiendo que pregonar significa “vocear en público las alabanzas de algo”, nos dimos cuenta que podíamos ser pregoneros, pues a pesar de estar jubilados nos sobra fuerza para vocear todo lo que sentimos o lo que amamos.


Elegimos libremente venir a vivir aquí. Nunca recibimos un desaire; desde el primer día nos acogisteis con agrado, nos admitisteis entre vuestros amigos y nos tratasteis como tales en cada momento.

Nos hicisteis partícipes de vuestros desvelos e inquietudes, de vuestros afanes e intereses, de vuestros pesares e ilusiones. Nos enseñasteis tradiciones y folclore; aprendimos con vosotros el himno a Villavieja, bailamos la Clara y entonamos juntos coplas y cantares tradicionales.

Nunca estuvimos de paso. Desde el primer momento quisimos formar pueblo con vosotros y así lo hicimos. Colaboramos, participamos y hemos contribuido a hacer un poquito más grande culturalmente a este vuestro pueblo que ha pasado a ser el nuestro.

Villavieja es nuestro pueblo y para nuestros nietos, es el pueblo de sus padres y de sus abuelos.

Algunos de nuestros familiares descansan ya entre los muros de su cementerio.

Hoy aquí, frente a vosotros, pero entre vosotros, sentimos una inmensa alegría y la emoción de saber que mañana el afecto y la amistad que nos una será aún mayor.

Durante los veintiséis años de convivencia hemos tenido desencuentros de pensamiento y de acción con algunos de vosotros; sin embargo, no es hoy el momento de recordarlos, sí es hoy el mejor momento para recordar y hablar de todo lo bueno que hemos encontrado en este lugar y de aquello que junto con vosotros hemos vivido.

Aprendimos a querer a Castilla desde la ausencia y la lejanía, cuando a los veintitrés años tuvimos que emigrar como muchos otros buscando el trabajo que nuestra tierra nos negaba.

Vivimos muy a gusto durante trece años en el País Vasco; por fecunda, nunca olvidaremos aquella etapa de nuestra vida allí; allí maduramos, asumimos una postura ante la vida a la que hemos permanecido fieles y sin embargo, en nuestro corazón siempre permaneció encendida la llama que alimentaba la esperanza del regreso.

Quien como nosotros estuvo lejos de ella, sabe que la tierra, que es decir las gentes, el paisaje, su frío y su calor, las escasas lluvias y las noches estrelladas, sus árboles y sus ríos, determinan porque mientras crecemos va modelando nuestro espíritu.

En el País Vasco tuvimos una compañera gallega, excelente maestra y fumadora de farias que comentaba frecuentemente que en cuanto pudiese volvería a Galicia desde donde la administración educativa la había mandado.

Con mi trabajo –añadía- estoy contribuyendo al enriquecimiento socioeconómico y cultural de una región mucho más desarrollada que la mía. Los niños de nuestros pueblos gallegos, empobrecidos y despoblados por la emigración, nos necesitan más que nunca tanto a mí como a otros muchos maestros gallegos que están fuera de Galicia.

Y esta reflexión de la compañera gallega la hicimos nuestra.

Al mismo tiempo, ya con cuatro hijos, los recuerdos nítidos de una infancia y adolescencia felices vividas en Lumbrales y Arcediano, nos empujaban a regresar a un pueblo castellano donde nuestros hijos tuviesen la oportunidad de vivir una infancia y juventud tan felices como la de sus padres.



Pretendíamos que fuese el juego en cada uno de los rincones del pueblo, el motor que dinamizase el proceso de su desarrollo educativo y social, es decir, queríamos que nuestros hijos se educasen con y entre las gentes de un pueblo castellano.

Durante algunos años la idea del regreso inmediato no estaba en nuestros planes pero tampoco surgió espontáneamente, fue el resultado de un lento proceso iniciado por las causas anteriores y acelerado por la situación sociopolítica y educativa surgida en el País Vasco con la instauración de la democracia en España.

Hasta entonces habíamos desarrollado nuestra labor educativa en un ambiente de concordia, pero a partir del momento en el que se prioriza la normalización de la lengua vasca, es decir, aprender el euskera y enseñar en euskera, los claustros se politizaron y nosotros que siempre hemos defendido la más absoluta independencia entre escuela y política decidimos no seguir allí.

Y fue en el año 1979 el año en el que dimos el paso y solicitamos el traslado.

Cuando supimos que había sido Villavieja de Yeltes el destino concedido entre los varios solicitados, vinimos ilusionados a conocer el pueblo un día primaveral, radiante y sereno de la Semana Santa de 1980.

Nos extraviamos; desde Vitigudino fuimos al Cubo y desde allí a La Fuente de San Esteban. A la salida de Boada, preguntamos a varios jubilados qué carretera debíamos coger. Uno de ellos, con cierto aire socarrón, nos dijo: “Para ir a Villavieja lo mismo da por una carretera que por la otra; unos van por esta y otros por aquella.”

A nosotros, entre las dos opciones, nos gusto la de la izquierda, la carretera de Retortillo. Posteriormente, hemos recordado el hecho con frecuencia.

Los últimos kilómetros del largo recorrido entre Bilbao y Villavieja nos sirvieron para contrastar con agrado la quietud y el silencio de un campo casi bucólico con el ruido y la velocidad del lugar de donde veníamos.

El campo estaba encendido por el amarillo ardiente de mil flores y blanco, como nevado, por las escobas.

Desde “El Sierro” avistamos por primera vez el pueblo. Fue emocionante, fue como entrever el futuro; allí íbamos a vivir el resto de nuestros días.

Al llegar al pueblo preguntamos y nos dirigimos directamente al colegio, para nosotros el lugar más importante, pues sería el lugar de nuestro trabajo.


Acababa el recreo y mientras nosotros saludábamos a los futuros compañeros, nuestros hijos –de nueve, diez y once años- corrían tras las lagartijas que había en la valla de la escuela y saltaban de peña en peña en el lugar donde hoy tenemos nuestra casa.

Y fueron ellos quienes nos dijeron: “Si cuando nos vengamos vamos a hacernos una casa, nos gustaría que fuese aquí”.

Y así fue, pues todos quedamos encantados del colegio, de sus patios y de los alrededores.

Comimos en la Fonda unos deliciosos fréjoles verdes y unos filetes de ternera que Mari nos preparó.

Bajamos al río y paseamos por la dehesa. Y aunque nunca lo habíamos dejado de ser, la luz, el aroma del campo y el saber de su goce continuado nos hicieron sentir otra vez hijos de esta tierra bellísima aunque poco pródiga.

Y en aquel momento recordamos los versos que el poeta sevillano Antonio Machado dedicó a los encinares castellanos:
¡Encinares castellanos
en laderas y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza,
encinas, pardas encinas;
humildad y fortaleza!

¿Qué tienes tú, negra encina
campesina,
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?

En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.

Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.

Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.

El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
Ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca,
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,
impasible, casta y buena
¡oh tú, robusta y serena,
eterna encina rural!


Regresamos felices a Munguía, pueblo vasco en el que vivíamos. Elegimos bien y habíamos tenido suerte en la adjudicación. Villavieja era el pueblo de nuestros sueños.

Sus gentes, entonces no os conocíamos, resultaron ser lo que suponíamos, castellanos serios, apegados a su tierra y a sus costumbres.

Tardamos un tiempo en descubrir que Villavieja era un pueblo singular debido a una realidad histórica diferente. Según los expertos parece ser que mientras que Bogajo fue un pueblo que perteneció a la Orden de los Templarios y Villares fue dominio de un señor feudal, Villavieja fue un pueblo de artesanos libres, curtidores y canteros, y campesinos. Quizás de esta peculiaridad historico-social provenga su progresismo.

Y si a don Quijote el goce de verse armado caballero le reventaba por las cinchas del caballo, nuestro entusiasmo rezumaba por todos los poros de nuestros cuerpos, tanto fue así que contagiamos a una pareja amiga, Justo y Maite, a quienes muchos recordaréis, y decidieron venirse en cuanto hubiese una plaza vacante como así ocurrió al año siguiente.

Llegamos con la Democracia recién estrenada. En aquel momentos, todos los españoles, de manera más o menos activa, voluntariamente o a remolque, estábamos asumiendo el cambio de tono que ejemplarmente nuestros políticos fueron capaces de conseguir y hacer cristalizar en forma de constitución. Nos referimos a aquel periodo de tiempo comprendido entre 1975 y 1978, conocido posteriormente con el apelativo de la “transición democrática”.

Nosotros entendemos que la transición, en cuanto acción y resultado de pasar de un estado o modo de ser a otro distinto, siguió en la década de los ochenta y aún en nuestros días.

En ese momento histórico llegamos a la escuela de Villavieja. Nuestra concepción de la educación chocó con la postura conservadora de algunos padres y profesores y se originaron conflictos que, unos y otros, supimos superar.

Hoy, recordando con la serenidad que produce el paso del tiempo, ninguno de aquellos encuentros dialécticos nos parecen triviales, sin importancia. Sin duda fue un periodo enriquecedor y edificante, empezamos a dialogar y por ello a escuchar otras ideas y a acercar posturas. Lo mínimo que se le puede pedir a un educador.

Desde aquí un afectuoso recuerdo para tres de nuestros compañeros que desgraciadamente no pudieron disfrutar de su jubilación. Gabriel Moro hijo del pueblo, con el que compartimos sólo un curso en la escuela; Guillermo Montero Santos, director del centro cuando llegamos y Pilar Prieto Cambón, ambos buenos compañeros con quienes trabajamos varios años.

Y, cómo no, un cariñosísimo saludo para Mª Francisca, la entonces abuela del claustro, con la que mantuvimos fuertes discusiones pedagógicas, pero a la que valoramos y apreciamos de corazón.


Ahora no vamos a recordar con nostalgia los que hicimos o vivimos junto a vosotros tiempo atrás. Eso sería tanto como decir que estamos tristes por aquello que hicimos hace veinte años. Pero tampoco vamos a evocarlos como hechos singulares e irrepetibles. Esto sería petulancia o altivez.

Lo que unos y otros hicimos en aquel momento fue lo que nos pareció más adecuado; es posible que hoy, aquello, no fuese conveniente; cada momento histórico tiene unos intereses que nos conducen a realizar hechos distintos, ni peores ni mejores, diferentes y acordes con la realidad sociopolítica y económica del momento. Rememoramos algunos hechos que aunque lejanos siguen siéndonos gratos.


Recordad aquellas semanas culturales organizadas por el Ayuntamiento. Semanas en las que las charlas, las conferencias y otras actividades culturales, nos sacaban del letargo invernal y nos daban motivo para poder reunirnos, y posteriormente acercarnos a los bares y dialogar y discutir sobre el contenido de ellas, los sucesos del pueblo y los acontecimientos del momento.

¿Y cómo olvidar las magníficas fiestas de fin de curso, organizadas por el colegio y el grupo de padres correspondientes, cada año? Se perdieron pero afortunadamente se va recuperando aquella costumbre.

O las excursiones que desde el colegio organizábamos y a las que se podían sumar cualquier persona aunque no tuviese hijos en él, pues siempre hemos tenido presente que la escuela forma parte del pueblo y que el pueblo forma parte de la escuela. En el primer viaje visitamos nuestra Comunidad. Solo nos acompañaron tres padres. Sin embargo al curso siguiente fuimos al Coto de Doñana, Sevilla y Cádiz, ya nos acompañaron la totalidad de los padres. Este viaje lo recordarán especialmente Amalia y Beli. Posteriormente viajamos por toda la geógrafía española, Galicia, Cataluña, Valencia, las Islas Baleares y las Canarias, Ceuta, Tánger...



Una de las celebraciones que acogíamos con entusiasmo era la fiesta del uno de mayo, el día del trabajo. La festejábamos con júbilo.

Bajábamos en manifestación hasta el monolito de la entrada de la dehesa. Familias, grupos de amigos, jóvenes y niños escuchábamos con atención los mítines que daban los representantes de los distintos sindicatos y expresábamos la alegría de trabajar en un país, por fin democrático. Al finalizar dábamos buena cuenta de hornazos, tortillas, chochos y sangría.

Pero, poco a poco fuimos dejando morir esta fiesta, y hoy ya no se conmemora a nivel de pueblo.

Gracias al espíritu de solidaridad y de colaboración, que reinaba en el pueblo de Villavieja se realizaron obras que lo modernizaron y aumentaron nuestra calidad de vida.

Un claro ejemplo es la piscina, en cuya construcción participaron no solo varones, lo hicieron también adolescentes de ambos sexos y algunas mujeres, algo insólito en aquel tiempo.

¿Y cómo no hablar del Club Cultural ”El Encinar”?
Un club que creamos con Manolo Castro y Pepita, Santos y Conso, Desi y Paco, Juan y Mari, José y Paqui, Santiago y Mere, Justo. Desinteresadamente entregábamos nuestro tiempo libre a la formación y entretenimiento de niños y adolescentes. Posteriormente fueron uniéndose, como colaboradores otras personas. Una de ellas fue el apreciado Carlos Barahona que desgraciadamente nos dejo en plena juventud.

Ubicado en el viejo edificio que había , aquí, en este mismo lugar,
acogía a todos los que quisieran participar en las actividades programadas. Entre otras muchas, recordamos que se enseñaba a jugar al ajedrez y a las damas; se trabajaba la mimbre, el barro y la madera; pintura y decoración de escayola, elaboración de marionetas con las que posteriormente se hico teatro de marionetas;

Hubo un taller de iniciación en el oficio de la cantería y los niños que se apuntaron a esta disciplina, elaboraron, bajo la tutela de los canteros Juan Agustín y su difunto hermano Fernando Mateos, Santos Mateos y Martín Carballares , el mural del nadador que adorna la piscina.

Se dieron cursos de delineación y de apicultura y algunos fines de semana poníamos una película para los niños con una máquina de Super-8 que nos concedió el ministerio de Cultura.

Recordamos con especial cariño el periódico que estuvimos editando durante un tiempo “El Encinar de Nampalancar”. Abierto a todo el mundo, hubo hijos del pueblo que mandaban puntualmente su artículo para cada número, otros contribuían de vez en cuando y nadie se negó a ser entrevistado o a emitir su opinión cuando se le solicitó. El Periódico fue muy bien aceptado porque era fresco, escrito para la gente de Villavieja por gente de Villavieja.
Hubo numerosas suscripciones de villaviejenses residentes en el extranjero. Sabemos que en muchas casas se conservan todos los números.
En la elaboración del periódico, además de las personas del club responsables de ello, colaboraron Juanfrán, Gero Madruga y José Manuel Merchán.

Aún se ven por las carreteras de nuestra comarca a algunos ciclistas que se iniciaron en este deporte en el club bajo la dirección de Justo.

Una de las actividades que mejor recordaréis, fue la creación del grupo de bailes charros. Jóvenes, adolescentes y niños llevaron nuestros bailes a gran número de lugares de la provincia y fuera de ella.

Las tardes-noches del verano, la cita de los ensayos era el frontón. Allí, con Marí José Calderero y Pepa Mateos como monitoras, Juan Ignacio Sánchez y Mariano Estévez como tamborileros, los bailadores y bailadoras perfeccionaban su estilo y los que no sabían bailar y querían aprender, podían hacerlo.
Estrella Moro, la difunta Angelines Acosta y Amador Sevillano fueron colaboradores asiduos en esta actividad.

Esta actividad, despertó en madres y abuelas, el deseo de hacer para sus respectivos hijos o hijas, nietos o nietas, trajes charros y, ahora, el día de la Virgen, se lucen junto a los más antiguos, y no desmerecen nada.

Con parte del dinero obtenido por el grupo de baile compramos tiendas de campaña y material deportivo y se hizo una acampada en la sierra. Muchos padres os acercasteis a la Alberca a visitar a vuestros hijos. Aquellas tiendas fueron utilizadas posteriormente hasta su deterioro por los jóvenes que las solicitaban.

Y por último, para terminar con algunos de los muchos recuerdos, hablar del entusiasmo que poníamos en la organización de El Día del Niño en las ferias.
Un grupo de personas, la mayor parte jóvenes, nos responsabilizábamos de dicha tarea y era gratificante ver cómo los niños participaban en los concursos de pintura, en las carreras de bicicletas, en las competiciones de natación y en otras actividades.
Los niños sabían que al final de la jornada no sólo tendrían premio los ganadores, lo tendrían todos.

Hemos reservado el mejor rincón de este pregón para los niños y los adolescentes a los que por vocación y profesión hemos dedicado la vida.

Nadie como vosotros, niños y jóvenes, maneja la esperanza.
Nadie como vosotros, fabrica ilusiones

Pero tened siempre presente lo que día tras día os hemos repetido:
“Las esperanzas y las ilusiones sólo se cumplen cuando vuelan en alas del estudio y del trabajo”.

Hoy día tenéis los medios educativos necesarios para garantizaros el acceso a las Universidades o a los Ciclos Formativos. Aprovechadlos porque el futuro es de los más preparados.

Practicad el juego y el deporte, pues educación y juego son ingredientes básicos para el desarrollo infantil; la práctica de un deporte en jóvenes y adolescentes será una salvaguarda contra el alcohol, el tabaco y otras drogas. No os dejéis engatusar por cantos de sirena que os van a privar de vuestra libertad y de la inmensa alegría de ser jóvenes.

¿Y qué deciros, a vosotros los padres, que no os hayamos dicho a lo largo de nuestra vida profesional?

Deciros, no os vamos a decir nada nuevo, sino recordaros que la familia -en cualquiera de sus modalidades- es el primer agente socializador y educativo; ella, la familia, debe crear en los niños hábitos, actitudes y valores que serán los pilares donde se sustente el posterior aprendizaje escolar.

En general, sin la preocupación familiar necesaria el progreso educativo de los niños no será el deseado.
En educación, la forma más bella de autoridad es el ejemplo.

Tampoco debéis olvidar, el derecho constitucional que tienen vuestros hijos a recibir una educación de calidad; y es obligación vuestra, en caso de que así no sea, el exigirla a los organismos competentes.

Tanto a vosotros niños y jóvenes como a vosotros padres daros las gracias porque con vuestra actitud habéis hecho sentirnos profesionalmente muy satisfechos.

Mientras se van apagando nuestras voces y vamos recogiendo nuestros papeles:

Saludamos a todos nuestros vecinos con ellos mantenemos desde nuestra llegada una excelente relación.

Damos las gracias a la Corporación Municipal por habernos brindado la oportunidad de ser los pregoneros de este año.

Os damos las gracias a todos vosotros, por habernos escuchado con la atención que lo habéis hecho.

Así mismo, damos las gracias a todas los que con su trabajo y sacrificio, harán posible que disfrutemos de estas nuestras fiestas, en un ambiente de paz y de tranquilidad.

Sirva este pregón como homenaje a los que ya nos dejaron para siempre.

Y sirva este pregón para lanzar al aire nuestro deseo más profundo de que llegue la paz al País Vasco, tierra que nos acogió entre sus gentes durante 13 años.

Abrid vuestros corazones a la alegría y celebrad y disfrutad con la familia y con los amigos de los actos religiosos, de los encierros, toros , verbenas y demás atracciones de estos días de Ferias y Fiestas.

Buenas noches.

1 de marzo de 2006

Pregón de Fiestas 2005

ÁNGEL MONTERO CALZADA
20 de Agosto de 2005

Sr. Alcalde y demás miembros de la corporación municipal.
Queridos amigos: muy buenas noches.

Aprovechando, precisamente, que estoy entre amigos, os voy a hacer dos confesiones: una primera de tipo jocoso; cuando se me cursó la invitación del Ayuntamiento para ser el pregonero de las fiestas, inmediatamente me vino a la memoria, y pensé hacer lo mismo que aquellos de la historia que me contó varias veces nuestro querido amigo Nazario cuando se anunció en el pueblo de Pozos que unos de Villavieja iban a representar una obra de teatro; llegado el día, presentes los vecinos en el local a donde habían acudido, como era costumbre, cada uno con su silla, aparece en el improvisado escenario el narrador que dice: Que salga Juan. Y sale Juan. Y también Sebastián. Y sale Sebastián, quien dice: ya estoy salido. Y el narrador apostilla: Señoras y señores, la función ha concluido. (Ni que decir tiene que tuvieron que salir huyendo en sus bicicletas si no querían ser linchados en el acto). Seguro que habría pasado al libro Guinness como el pregón más corto, cumpliendo así uno de los requisitos que Tierno Galván exigía de los pregones al decir que debían ser como las minifaldas, cortos y que enseñen mucho.

Segunda confesión, y esta sí va en serio: por mi profesión, he tenido que intervenir, como es lógico, infinidad de veces en público, ya sea formando parte de Tribunales como Juez o como Fiscal, incluso como Abogado en la Jurisdicción Ordinaria; en varias rondas de negociación con los Estados Unidos tanto en Madrid como en Washington; en infinidad de conferencias que he tenido que impartir en múltiples cursos. Pues bien, creo que esta es la misión más agradable, pero al mismo tiempo más compleja que me han encomendado, pues relatar emociones ligadas a las raíces individuales no deja de ser labor complicada, máxime en momentos como el actual, cuando todos rastreamos referencias a las que aferrarnos, ya que el hombre sólo se completa cuando reencuentra y reconoce su memoria, y porque a hablar con el corazón, no se aprende en los libros. Pero en fin, trataré de lidiar este toro lo mejor posible, advirtiendo de antemano que no soy un gran orador ni un poeta, pero sí un hijo de esta noble Villa que lleva a su pueblo en lo más profundo del corazón.

Siempre he estado convencido de que una de las principales virtudes que pueden adornar al ser humano, es el ser agradecido: “de bien nacido, es ser agradecido” reza el sabio dicho popular. Y en este capítulo de agradecimientos me vais a permitir que mi primer recuerdo sea para mis padres, uno de ellos ya no está con nosotros, pero seguro que me estará escuchando; gracias Felipe Ferreira como te llamaban en tu pueblo, gracias madre; para mis hermanos, y, cómo no, para mi mujer y mis cuatro hijos que cada día me soportan y dan más sentido a mi vida. Y en esta vida las cosas no funcionan solas, por tanto es evidente que Villavieja sigue en marcha gracias a la labor, generalmente desinteresada, y muchas veces incomprendida, criticada, y hasta vilipendiada, de aquellas personas que, ya sea desde las instituciones como el Ayuntamiento, el Patronato de la Residencia de Mayores o desde grupos de actividades diversas como el Coro Parroquial, bailes típicos, trabajos manuales, el mantenimiento de una página Web, -por cierto Manolo, no tires la toalla, te necesitamos-, la puesta en funcionamiento de la televisión local, el proyecto de creación de un museo, donaciones, la aportación altruista de su trabajo para la realización de obras públicas, que, de no haber sido de aquella forma, quizás nunca se hubieran llevado a cabo, etc., han dado y dan lo mejor de sí mismos en favor de su pueblo a cambio, demasiadas veces, de disgustos y sinsabores. Estas personas se podrán equivocar, y quién no, pero estoy seguro de que siempre intentan hacer las cosas lo mejor posible. Vaya mi reconocimiento y gratitud para todos ellos. Como muchos sabéis, yo nací, me crié y vivo en la calle Peligrosa; qué seranos –los define el Diccionario de la Real Academia como “tertulias nocturnas que se tienen en los pueblos”- tan fantásticos en el cruce con la calle Fuente Abajo donde casi todas las noches del verano había sesiones gratuitas de humor, aderezadas con el “quesito de Bermellar” y “el cordero de la cabeza ladeá” que siempre ofrecían el Sr. Sergio y Felipe Ferreira, pero que nunca llegamos a probar. Pues bien, entre todos los vecinos a los que recuerdo con verdadero afecto, destacan en mi vida personal y familiar, la señora Felipa, el señor Amador, Carmen, y Pablo que en paz descanse; Carmen, muchísimas gracias por todo. No puedo menos de mencionar también, aunque sea muy brevemente a Don Tomás Rodríguez; él me enseñó el que después sería mi camino profesional; a mí me tocaba recorrerlo y llegar a la meta, cosa que conseguí gracias a la ayuda de la Virgen de Caballeros y a la de la Peña de Francia; y a Don José Puente; Pepe muchas gracias por tus consejos. Gracias al Sr. Alcalde y demás miembros de la Corporación Municipal por haberme dado esta oportunidad de charlar un rato en público con vosotros; ello me ha permitido, mientras redactaba estas líneas, rememorar cosas que ya tenía casi olvidadas y volver con mi mente a lugares y situaciones en los que tanto disfruté. Y, finalmente, gracias Villavieja el pueblo que con sus gentes, su Iglesia, calles, plazas, escuelas, “el paso”, ermita, prados, eras, tenerías, río, toros, peñas, etc. forjó mi personalidad.

Les decía a mis quintos el día que celebramos los 25 años: debemos juramentarnos para que no haya un solo quinto que, necesitando ayuda, no se la prestemos. Me atrevo a pediros, porque sé que estoy hablando con mis paisanos que son gente de bien, que no haya un solo villaviejense, donde quiera que se encuentre que, necesitando ayuda, no se la prestemos, porque si al comienzo decía que una de las principales virtudes que pueden adornar al ser humano es el ser agradecido, otra de ellas, es la solidaridad.

Y hablando de solidaridad, en mi retina han quedado grabados para siempre los incendios que, con relativa frecuencia, se producían en nuestro pueblo, muchas veces ocasionados por aquellos trenes de carbón y también de gasóleo; y de ellos, sobre todo me impresionó cómo se ponía el pueblo en marcha para auxiliar en su extinción, fuese de quien fuese la finca en la que se había originado, fuera su dueño pobre o rico, estuviera cerca o lejos, cada uno colaborando dentro de sus posibilidades; unos trasportando al personal, otras llevando agua; unos en primera línea del fuego, otros con el destral cortando ramas de los árboles con que atacarlo. Es en esas ocasiones cuando se manifiesta la forma de ser de un pueblo, y al mismo tiempo son vivencias y aprendizajes inolvidables, que contribuyen a sentar las bases de la personalidad y a la larga son mucho más importantes que unos puntos de partida meramente librescos o académicos.

Aunque puedo decir que a lo largo de mi vida nunca escurrí el bulto cuando algún paisano requirió mi ayuda, e hice siempre lo que estaba en mis manos para poder satisfacerle, y muchos de vosotros sabéis de qué estoy hablando, tengo la sensación de que Villavieja me ha dado a mí más de lo que yo le he dado, y, por ello, me siento deudor. Qué alegría cuando la secretaria me anunciaba: le llama una persona que pregunta por Ángel Ferreira y yo le he dicho que aquí no hay ningún Ángel Ferreira, pero como quiera que me insiste, le he dicho que aquí está Don Ángel Montero y me ha contestado pues ese es, me pase con él ¿le paso? Mi contestación: “páseme inmediatamente y para lo sucesivo sepa que cuando alguien llame preguntando por Ángel Ferreira, tiene que tratarse sin duda de una persona de mi pueblo, Villavieja de Yeltes, cuya llamada tiene prioridad”. Es cierto que incluso ha habido alguno, verdad Fernando Martín que en paz descanses, que se permitió el lujo de, en alguna ocasión en que la secretaria le comentó que en ese momento no me encontraba en el despacho, éste le respondió: pues dígale que como no esté en el despacho la próxima vez que le llame, le voy a quitar la productividad; os podéis imaginar qué cara se le quedaba a la secretaria, pero los de Villavieja somos así: espontáneos, desenfadados, alegres, picantes, incisivos, responsables, solidarios.

Cuántas veces habréis oído decir, igual que yo, que los salmantinos en general, y los de Villavieja en particular, estamos por todas partes, que parecemos una mafia porque nos buscamos y nos apoyamos; bendito sea si lo que se está queriendo decir es que somos solidarios; es para sentirnos orgullosos de ello.

Uno de los rasgos de nuestro pueblo, que no podemos perder, es un sentir de hermandad en gran medida derivado de una estructura social en la que cobran relevancia los lazos familiares, más o menos lejanos, más o menos difusos, sutilmente extendidos hacia quien, siendo foráneo, rinde periódica visita. También en la que biografías a veces muy duras –el desgarro de la emigración- traslucen, por encima de otros aspectos, coronación de retos personales y afán de mejora, sin resquicio para la mirada airada o el fácil reproche hacia el pasado, lo que no deja de ser actitud propia de gentes nobles y fuertes.

Aquí estamos acostumbrados a relatos sobre trabajos y avatares en países lejanos, por suerte culminados casi siempre con el éxito, aunque a veces con el infortunio, pero todos auténticos cantares de gesta, protagonizados por personas que jamás presumen de nada, que nunca saldrán en los libros de historia con su nombre y apellidos, pero que son, sin alardes y silenciosamente, el alma de la intrahistoria de un país.

Cuántos recuerdos se agolpan en este momento en mi memoria, como las bromas que nos gastaban en la tenería Honorio, Jesús, José Luis, José Manuel, Remi y Cesáreo cuando nos mandaban a casa de la señora Cándida porque decían que necesitaba niños para ayudarle a enderezar una partida de bizcochos que le habían salido torcidos, o que le lleváramos unas rebanadas de pan para untarlas de miel, miel que no era otra cosa que la grasa que empleaban en el curtido de las pieles; los canineros recogiendo por las calles los excrementos de los perros; la vida en las tenerías, en las zapaterías, en las carpinterías, en las canteras, en los bares; los hornazos y los dulces por pascua en la dehesa; los lagartos; los jueves merenderos. Representaciones teatrales cuyo escenario era el suelo, eso sí, previamente barrido el círculo sobre el que iban a tener lugar, y señalizado con unas piedras alrededor, dentro del cual solo podían permanecer los actores.

El cambio trascendental que se producía en el momento en que abandonábamos la escuela de párvulos de la plazuela, para pasar a las escuelas del juego de pelota; eso significaba que ya nos estábamos haciendo mayores, pero tenía el inconveniente de que estaban más lejos y en invierno hacía mucho frío que combatíamos con aquellas originales estufas consistentes en latas de sardinas o de atún de kilo llenas de cisco, a las que se le ponía un asa de alambre y en la tapa unos palos de madera para poner los pies encima y así evitar quemar los zapatos, cosa que no siempre se conseguía, pues era frecuente el olor a goma quemada.

Recuerdo imborrable de las matanzas, otro ejemplo de solidaridad; cómo se ayudan unos a otros, cómo se comparten la comida y la bebida, el gozo y el dolor, el trabajo y la diversión. ¡Y las hogueras! Cómo las preparábamos con antelación y, generalmente, con algún que otro disgusto ya que era frecuente que empleáramos para ello las “pellás” que ardían con gran facilidad y originaban un fuego especialmente provocador, pero claro, la huella que dejaban por donde se iban arrastrando era casi imborrable en aquellas calles de tierra, lo que hacía que el dueño del prado de donde las cogíamos, lo tuviera fácil para llegar hasta el lugar y descubrir al o los culpables. (Como la palabra “pellá” no figura en el diccionario de la Real Academia, y, por tanto, habrá personas que no sepan de qué se trata, hay que decir que aquí se conoce como tal a las zarzas que, una vez cortadas, se colocan encima de las paredes de los prados o tapando portillos y así evitar que entre ganado de fuera o salga el que está dentro). Solía ocurrir que, además de quitar la zarza, tirábamos piedras de la pared, con lo que el perjuicio era doble, de ahí a veces la lógica reacción airada de sus propietarios.

Cuántos juegos, que algunos de los que me han precedido en esta tribuna en años anteriores han enumerado con detalle, y que, sin haber norma escrita que lo regulara, tenían, cada uno de ellos, una época del año concreta para su práctica que se respetaba escrupulosamente. No teníamos ordenadores ni videoconsolas para entretenernos, ni los necesitábamos; lo que nos faltaba, generalmente, era tiempo para seguir jugando.

Los nidos: qué facilidad tenían algunos para encontrarlos, y cuántas veces se utilizaban como moneda de cambio; si me das tal cosa o me haces tal favor, te enseño un nido: ni que decir tiene que no valía lo mismo un nido de “pardal” que uno, por ejemplo, de tórtola. Seguramente de haber existido el Seprona, las Sociedades protectoras de animales, etc., nos habrían perseguido y sancionado, pero lo cierto es que entonces el campo estaba lleno de animales.

Qué inviernos tan fríos y qué veranos tan calurosos; cuántas veces patinábamos en las charcas y el río se cubría de hielo de orilla a orilla; ¡y los sabañones! Todavía sentimos los picos característicos en el cartílago cuando nos tocamos las orejas.

Y entre todos los recuerdos, aún resuenan en mi cabeza aquellas palabras que solían decirnos nuestros padres cuando salíamos de casa para estudiar, hacer el servicio militar, trabajar, etc. “que nadie tenga que decir nada de ti”, palabras que, transcurridos los años, he asociado a aquella máxima que recoge Richard Bach en su libro Ilusiones: “vive de manera tal que nunca te avergüences si se divulga por todo el mundo lo que haces o dices…aunque lo que se divulgue no sea cierto”

Seguro que en la vida de todos nosotros existen hitos, es decir, hechos importantes que constituyen un punto de referencia en nuestras historias personales o colectivas, como pueden ser la primera comunión, el primer amor, el primer trabajo, el primer título académico, el matrimonio, el nacimiento de los hijos, etc. Pues bien, creo poder afirmar sin miedo a equivocarme, que uno de esos hitos tanto a nivel individual como colectivo, ha sido la “entrada en quinta” y, como corolario, las fiestas de quintos; -de hecho, una prueba evidente de lo que afirmo, es la proliferación en los últimos años, de las celebraciones, cada vez más frecuentes, de los aniversarios que recuerdan dicho evento. Son hechos que han dejado en nuestras retinas y en nuestros oídos un recuerdo imborrable, gracias también, de justicia es reconocerlo, a la colaboración inestimable y desinteresada de nuestro querido Juan Ignacio.

Y en este sentido, no puedo menos de decir que el año 1949 fue un año muy importante; si habláramos de vinos, podríamos decir que la de aquel año fue una cosecha “excelente”, porque nacieron los “Quintos del siete y el cero”. Cómo cantábamos aquellos días de Diciembre de 1969, unos mejor que otros, como es lógico:

Vivan los quintos del setenta

Vivan los quintos de gran fortuna

Vivan los quintos que harán la mili

Si no es en Marte será en la Luna

Los que no suban se quedarán

Bajo las nubes en El Ferral

Y qué bien sigue sonando ahora 35 años después ¿sabéis porqué? Porque nos trasporta a un momento trascendental y feliz de nuestras vidas. Por cierto Maria Rita, a ver cuando preparamos la próxima.

¡Cuántas peñas proliferaron en los años 80! Si hemos de ser justos, hay que decir que entre todas destacaba una: “Los Colegas” ¿verdad que sí Jarito?; vaya trajes elegantes con los bordados que hizo Carloti en las camisas; no obstante, hablando de peñas es forzoso citar, porque lo cortés no quita lo valiente, a la, probablemente, más antigua en activo: “El chiringuito” con su canción:

“Chiringuito, Chiringuito, gritan por todos los lados,

si por algo los conocen, es su afición al Perlado”.

Cuántos cántaros habrán caído

¡Y qué decir de las juergas que se preparaban en ferias! ¿Recordáis Justi y Paco Mateos el año del coche Ford de Campal y la calesa de Juanito “Teclo”? Existen fotos muy elocuentes de tales acontecimientos a pesar de que entonces no existían las máquinas fotográficas digitales.

Kosovo, otro hito importante en mi vida; quién me iba a decir a mí que allí iba a coincidir con un paisano; Ángel Luis Holgado Velasco: ¿recuerdas aquel día del mes de Febrero de 2001 cuando fui a visitarte al destacamento italiano de Dakovika, donde tú estabas destinado, y encima de un bidón en la calle, dimos buena cuenta del embutido que habías llevado desde Villavieja?; qué ilusión nos hacían aquellos correos electrónicos que recibíamos de algunos de vosotros como Manolo, María José, Ana, y sobre todo, aquel poste con direcciones de poblaciones que colocamos a la salida del destacamento de Istok donde yo me encontraba, y en el que, en lo más alto, la primera de ellas rezaba así: Villavieja de Yeltes, Salamanca, 2.900 Kilómetros; esa era la distancia que nos separaba de nuestro pueblo; qué lejos estábamos, pero al mismo tiempo qué orgullosos nos sentíamos de él.



En fin, vayamos a la cuestión que nos ocupa, Nuestras Fiestas, pues, aún siendo pretexto de encuentro, también integran una llamada a que la generosidad, la hospitalidad y el espíritu comunitario continúen alentando a nuestra gente, resida donde resida, sea cual fuere su condición o circunstancia. Que este acontecimiento ayude a limar asperezas, a que toda lid entre nosotros, de cualquier naturaleza, quede, como mucho, en confrontación entre adversarios, nunca entre enemigos.

No olvidemos nunca las raíces, si bien, como nos han transmitido nuestros mayores, con su palabra o con su ejemplo, éstas nunca han de ser germen de desunión, insolidaridad o cerrazón, sino, por el contrario, fundamento de una visión del mundo abierta a los demás, recordatorio de donde venimos, pero también acicate para afrontar los retos del futuro, pues como decía Neruda, “no es hacia abajo ni hacia atrás la vida”.

Permitidme que ya casi al final de mi intervención, mande un cariñoso saludo, a través de su Alcalde aquí presente, para ese querido y hermano pueblo de Villares de Yeltes en donde tengo ancladas también mis raíces, y sobre todo porque considero que estas son un poco también sus fiestas, como las suyas las hemos considerado siempre un poco nuestras.

Creo que este pregón, al menos para mí, quedaría incompleto, si no hiciera una referencia a nuestra querida patrona la Virgen de Caballeros; en definitiva las fiestas que con él se pretenden anunciar, se celebran en su honor. Qué estampa tan maravillosa esa que veremos otra vez la noche del día 27, y que por muchos años que llevamos viéndola, no nos cansamos de ella; la imagen de la Virgen entrando en la plaza y recibida con una cerrada ovación por personas creyentes y no creyentes que vemos en ella a la madre cuya protección pretendemos recibir, pues como reza la canción, “desde que nací la Virgen de Caballeros está velando por mí”. Pues que ella nos ayude a pasar unas fiestas, como decís los jóvenes “mazo divertidas”, lo que no es incompatible con la educación y el respeto a los demás, porque tened presente que el derecho de uno termina donde comienza el derecho del otro.

Y sin más, esperando no haberos aburrido demasiado, pidiendo disculpas por las imprecisiones y omisiones que pueda haber cometido, dándoos muy sinceramente las gracias por vuestra presencia y vuestra atención, y puesto que Sebastián ya está salido, señoras y señores este pregón ha concluido.

¡VIVAN LAS FIESTAS DE VILLAVIEJA!
¡VIVA VILLAVIEJA!

Ángel Montero
Agosto de 2005

28 de febrero de 2006

Pregón de Fiestas 2004

JUAN ABARCA CAMPAL
21 de Agosto de 2004

Sr. Alcalde, Sres. Concejales, Sres Sacerdotes, Sres y Sras, Jóvenes, Queridos paisanos. En primer lugar debo profunda gratitud al consistorio municipal por la deferencia que habéis tenido con nosotros al llamarnos para lo que voy a decir hoy.

Mi querido pueblo de Villavieja. Es para mi un gran gozo pronunciar el pregón de estas fiestas del año 2004 y ante todo un gran honor que se hayan acordado de nosotros, porque si un hombre es de donde es su infancia, nuestra infancia esta ligada a Villavieja en los momentos mas deliciosos del ocio colegial, en las Vacaciones, cuando nuestros padres venían con ansia a buscar sus raices, en las Nochebuenas, las matanzas y en los cálidos veranos.

Aquí hemos disfrutado de los juguetes mas preciosos que puede tener un niño, pues, ¿hay alguno mejor que un trillo guiado por unos dóciles animales, inundado del sol de la mañana que se estrella contra la dorada parva?, ¿o arrastrarse cogido a él, en un azul atardecer, preludio de una noche con tantas estrellas en el cielo como no he conseguido ver en ninguna otra parte?

Recordamos los bogayos para jugar, las moras, la “candonga”, el “ya vienen, ya vienen” por la entanilla los toritos del encierro y sobre todo la Sta. Virgen de Caballeros y los días aun mas especiales, cuando en un carro se echaban unas mantas y las viandas para pasar un precioso día de campo en la “Pernalona”.

Aquí también, circunstancialmente, aprendimos el sufrimiento, cuando un carro enorme se me cayó encima de la pierna, rompiéndomela por la cadera, periodo de reflexión para un niño que entraba en la adolescencia y que quizás influyó en nuestra vocación médica. Recordamos los veranos con las piernas llenas de cicatrices y de heridas, de no bajar de la bicicleta (era una gozada tener tantas en casa pues no en vano el tío Santos, que era un artistazo, las reparaba). La seriedad de D. Ramón, párroco de este pueblo durante tantos años, que vivía cerca de nuestra casa y nos aconsejaba prudencia desde su seriedad, y del que posteriormente seríamos muy amigos a pesar de la edad que nos separaba.

Recordamos también con nostalgia a nuestros primos y en especial a Andresito, hijo de Andrés Merchán, que con su boina jugaba a ser mayor pero que solo era un niño que desde pequeño ayudaba a su padre en las labores del campo.

Sabemos que nuestra familia era conocida como los “Zamoranos” y es probable que descendieran de Zamora y aquí vinieron a parar por matrimonio o para buscar mejor la vida y nos sentimos por ello muy orgullosos, que nuestra familia faenaba su industria de tejas y ladrillos, en las horas de calor y en el frescor de la tarde –tarea pesada y paciente- que solo suavizaban el amor y el humor, y que el abuelo solo con mirar a uno de sus siete hijos era comprendido y escuchado, lo mismo que cuando eran unos niños y el cabeza de familia partía el pan como si fuera un rito.

Conocemos la avanzada mente de nuestros abuelos de la que nuestros padres aprendieron el respeto que luego nos transmitirían y con el que hemos caminado por la vida para llegar a hacer nuestra misión. Ese respeto al que hoy no se le concede la importancia que tiene y que de su ausencia conoceremos sus consecuencias.

También sabemos el avance, la apertura y generosidad de nuestros antepasados, que les llevaron a adquirir una fina en Babilafuente con un tejar y que estaba a 120 km de Villavieja para que uno de sus hijos pudiera curarse de una enfermedad renal que padecía, bebiendo del agua del manantial de ese pueblo que era buena para esas dolencias y de esta forma se extendió esta familia por la tierras de San Morales y Huerta, cerca de Salamanca.

Recordamos como niños los paseos por las tenerías, industria que fue de este pueblo, y si una infancia está también hecha de amor y de aromas, guarda nuestra memoria el fuerte olor del curtido y de sus productos y el misterio que nos producía las puertas desde las que se entraba a la oscuridad.

Si como decía O. Wilde, al hombre haga lo que haga, se le recordará por una anécdota, fueron estas circunstancias como otras que recuerdo con ternura y cariño, como eran las noches al fresco rodeados de nuestros padres, familiares y ancianos con la mirada atenta sobre nosotros, porque aun sin haber estudiado sabían, que cada niño llevaba dentro un tesoro al que cubrían con su dulzura, dando su amor desinteresado en los hermosos días de feria, como hoy en el que éramos tan felices con una trompeta y unos cascabeles.

Señoras, señores, amamos a este pueblo, que es el de nuestros antepasados, porque ellos nos enseñaron a amarlo hasta el punto de formar siempre parte de él. Amamos a este pueblo que nos dio su alegría y su luz, sus juegos y su amistad.

Amamos a este pueblo porque, como hemos dicho, forma parte de nuestra infancia y parte importante del hombre que somos hoy. Porque cuando escuchamos su nombre recordamos lo que mas queremos, lo que mas hemos querido y el orden y la laboriosidad de sus gentes.

Amamos a este pueblo de Villavieja con sus calles, sus casas, su dehesa, su río. Tenemos presente su hermoso lema “Laboriositas et justicia”, Trabajo y Justicia, al que hacen honor sus habitantes, considerando cuantos sueños salieron de aquí y van dejando una estela de hombres de bien, en el lugar en el que la vida les situó.

Amamos a este pueblo, al fin, porque él nos amó y lo haremos durante toda la vida, porque aquí yacen todos los que nos amaron en un lugar tan pequeño y bonito que parece un pañuelo de flores y de colores, y en especial yace la persona, que junto con mi padre más influyó en mi, mi madre, la que aun después de muchos años de habernos dejado, sigo sus enseñanzas. Modelo de generosidad con mi padre, muchos años enfermo, con nosotros, sus hijos, Manolo y María, sus nietos y con sus sobrinos, en especial Paz, Manoli y Pauli, en los cuales dejó una huella indeleble, como también la dejó en mi esposa, que a través de ella y siendo de Asturias se hizo también castellana. Mujer de horizonte infinito tenía una mentalidad tan avanzada que siempre estaba al día hasta en el ritmo de baile mas moderno. Ella me decía “hay que ver lo que es la vida, hijo, nosotros hacíamos las tejas y los ladrillos para que tú construyeras y pusieras en funcionamiento hospitales”

El último recuerdo que tenemos de ella es en un balcón de esta plaza invitada por sus amigas, a las cuales les doy las gracias por como la acogían, recibiendo a la Virgen con esa alegría y gravedad que era muy propia de ella.

También conocimos por ella a otras personas que dejaron una impronta en la historia del pueblo y cuyos nombres prefiero omitir para no olvidar alguno. Todos los cuales, con mis tios Teresa, Victor, Zacarías, Manolo, Juan y Paz, festejarán que uno de los suyos dé el pregón de estas fiestas.

Y termino, hoy son las ferias, os invitamos a disfrutarlas con alegría para que sean siempre un hermoso recuerdo y queremos que este pregón lo escuchen todos los que de una u otra forma están con nosotros, a nuestro lado, para los que es este homenaje de amor desde siempre y para siempre.