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17 de enero de 2015

Pregón de Fiestas 2014

Villavieja de Yeltes, veintitrés de agosto de 2014.
Pregón a cargo de Agustín Prieto González


¡Muy Buenas noches a todos y a todas! Quiero que mis primeras palabras sean de recuerdo para los que están sufriendo las consecuencias de esta dura crisis económica y social, especialmente los desempleados y las familias y ciudadanos sumidos en el umbral de la pobreza y la desigualdad. Mi solidaridad para ellos, que seguro también es la de todos vosotros ¡Ojalá las cosas cambien! 
Me presento, soy villaviejense de nacimiento y de sentimiento, y como tal comparezco ante vosotros. Soy hijo de la Angelita y de Jose María, los dos ya fallecidos y que en paz descansen; en el pueblo he vivido en la calle del Cuco, donde nací, en la calle Fuente Abajo, en la del Cruce y en la calle larga. Éramos cuatro hermanos, el pequeño, Vicente, falleció con meses. Mi hermano, el mayor, Paco, falleció hace cuatro años, por lo que quedamos dos hermanos: Josemari y yo. Soy sobrino de Juanma, aquípresente, seguro que a Él le conocéis más. Me casé con Inés, hija de Bea la de la Amada y Canor. Tenemos tres hijos y un nieto. 
Alcalde, miembros de la Corporación, vecinos, vecinas, familia: es un gran honor para mí el poder vocear el pregón de las fiestas patronales de mi pueblo, porque pienso que si hay algo que pueda enorgullecer a una persona precisamente es que le nombren pregonero de su pueblo, por lo tanto quiero agradecer tal deferencia a la Corporación Municipal. Lo afronto con ilusión, pasión y, por supuesto, con gran responsabilidad. Sé lo que es esto y quiero mostrar esa responsabilidad ante mis vecinos. 
Al escribir este pregón soy consciente de que tendré que buscar entre los viejos recuerdos. No sé si estarán en el hipocampo o en el neocórtex, bueno vaya usted a saber cómo se organiza esto de la mente, pero allá dónde estén seguro que los viejos recuerdos vendrán a mí. 
Esos viejos recuerdos me traen las peculiares palabras habladas en Villavieja. No son palabras inventadas al calor de la hoguera y una pinta de vino, son palabras gastadas y asentadas en el habla tradicional de generaciones de Villaviejenses y forman parte de nuestro patrimonio cultural, al cual no debemos renunciar. 
Cuando era chico alguna reprimenda me llevé por el uso de estas palabras, todo ello por el afán del maestro de que aprendiéramos bien el castellano, pero bueno esto también forma parte de nuestro acervo cultural. Aquí va mi modesto homenaje. 
Comienzo recordando un día cualquiera de mi niñez. 
De chico no era nada lagumán, nunca lo he sido, arreballaba pronto, incluso en invierno cuando del tejao colgaban los pinganillos y el peso del carámbano abangaba las ramas del árbol hasta hacerlas tronchar. 
Bajaba las escaleras de dos en dos y más de una vez acababa estrapallándome de brucias contra el barreñón en el que me bañaban los domingos, que era el día de muda. Medio estronchao por el calabazón y aturullao por el tremendo estrumpido del zinc contra el suelo de peña me dirigí a la cocina; sobre la lumbre, colgado de las llares, el ennegrecido caldero para el agua caliente y sobre el borrajo las estrébedes con un puchero de café aguachinao. 
Mi madre después de atizar la lumbre con unos escarabañones y barrer con la ciacina me preparó un tazón de leche y café “migao” con unas pingás. Aprovechando un rato que fue a brezar al llorón de mi hermano rispié de una fuente esborcillada un par de obispos que estaban reservados pa la merienda. Siempre he sido muy guto. Me limpié en la rodilla portuguesa, antes de que volviera de la alcoba, la oía arrollar y de vez en cuando exclamar, ¡pero TO! por algo que el arrumiaco de mi hermano hacía. De todas formas, pronto conseguiría que dejara de gimplar, tenía buena mano, no en vano mi madre de chica había trabajado de rolla. 
Me vestí al calor de la lumbre, me hice el lavao del gato y bebí un vaso de agua, era un pispajo muy pipajo, como decía mi madre; salí candando tras de mí la vieja puerta que chiaba más que un pardal; estaba engarañao, arrastraba aún la gata por agatar tras una gata que iba tras una pega en la tená; me senté en el poyo de la calleja atufada por un brasero de cisco recién chiscao y a punto de afogonarse; me até las chancas a medio eschangar y salí a la calle saltando de charco en charco, esparriando y pisando chapallo. 
Atroché la cortina brincando la pellá del portillo, junto al pozo con cigüeño del que colgaba una herrá. De chico me metían miedo con que si me asomaba me cogía la vieja del cazo o con el tío camuñas, nunca supe quién era, o con el hombre del saco o con Gregorio el trastornao, ése sí sé quién era, pobre hombre, no era más que un mendigo que recorría estos pueblos cuando yo era chico. 
Me escarrapiché en la toza del cabañal y allí al lado del bisbero en un viejo nial de la pared esgarrumbada tenía mi rinchi. Con la chota me restregué las dos velas que me colgaban y saqué el fardel de los anastros, una pirinola, una jincacha, una buena parpaña de santos, una pequeña jícara, unas tabas, un tirachinas y una buena chirumba de encina para que durara más, ya que la de chopo con el golpe pronto se escachaba; también bogallas y bogallos con los que jugábamos a las vacas y a los toros y unas bolas de barro para jugar al Gua; lo apeguñé contra mí, bajé por el corral y allí vi al choto con la pata charela, al buche que se iban a merendar los quintos y a la churra jarda, que el padre de Juanín, camino de la carnicería, la llevarían atada con una soga larga, dejándola envestir y correr tras la chiquillada. 
Camino de clase nos íbamos encontrando los amigos, ¡menuda jarca!, cuando nos juntábamos todos. La verdad es que éramos un poco pingos. Compartimos unos cacagüeses y unos chochos, era el modo de demostrar que entavia nos ajuntábamos y que ya no estábamos amoscaos a pesar del bochinche armado entre tós en la plazuela, donde nos habíamos cruzado numerosos insultos: babanco, bausán, babieca, baboso, garrobo o aquello de malóvado os mate 
o cagüen to y todo porque alguien había salido escardao o espirriao jugando a los santos de las cajas de cerillas. 
Este año me estaba tomando en serio la escuela. Cuando llegara el verano quería dedicarlo a corretear por el pueblo, ir a por salticones o saltigallos para ir a pescar unas sardas o unos bordallos. No me volvería a pasar lo del año anterior que a la hora del paseo tendría que ir a dar paso, si es que no quería acabar haciendo “la carrera del galgo” como me decía mi tía Francisca. 
A medio día llegué a casa preguntando como siempre qué hay pa comer, como si me importara con lo comisque que yo era, según mi madre “el vivo espíritu de la golosina”, lo contrario que mi hermano que era un zampaollas, así estaba de gordito; la respuesta la de siempre, “canguingos y patas de peces”. Había patatas meneás y unos charafallos de la matanza; de postre unos bagos perdidos en el cuenco de la fruta y un par de gallos de una naranja que comía mi padre, de las de guasi, como Él decía; los repelaos, las perronillas y una bolsa de mocos de oblea que había visto en la alacena tendrían que esperar. 
Salí otra vez a la calle, empezaba a pingar y como no quería acabar pingao, vamos achumbao hasta los güesos por el “calabobos”, corrí hacia el Juego Pelota y de allí raudo a la escuela. A la noche, derrengao, tras un ajetreado día, me iba o me mandaban al “cine de las sábanas blancas”. Mientras, en la cocina, como todas las noches, con la radio a poco volumen, mi padre escuchaba la clandestina Radio España Independiente “La Pirenaica”, ¡había que escuchar a “la Pasionaria”! 
Y hasta aquí el relato de ese día de mi niñez. 
Tuve una niñez feliz, que pasó en un pispás, vivida con intensidad, a un ritmo trepidante, que sólo es posible vivir en el pueblo. 
Tiempo de escuela, de juegos y de calle; no había tele, ni ordenadores, ni tabletas, ni móviles, ¡ni falta que nos hacía! Porque en aquellos tiempos teníamos lo más importante, niños, muchos niños con quien jugar. También disfrutábamos de muchos juegos en la calle, todos participativos: el burro, el aro, la una anda la mula, el gua, guardias y ladrones, las bogallas, los santos, la jincacha, la chirumba, los platillos, el escondite. 
Otras veces hacíamos volar, más alto que la propia iglesia, un bote convertido en cohete por la reacción química del carburo con el agua y que algún disgusto nos dio; otras al puente de hierro a tirar lanchas desde arriba o a poner una perra gorda en los railes al paso del humeante tren, también íbamos a nidos o a lagartos, a bañarnos en el vado o al bojajuelo. 
De esa época de infancia recuerdo ver como a golpe de barreno abrían las gavias entre la peñas de nuestras calles, ¡por fin llegaba el progreso!: el agua y el saneamiento en el pueblo, hasta entonces había que ir con las cántaras al grifo y para “lo otro” estaba la cuadra o el regato. 
También recuerdo algún atardecer de verano que iba con mi padre al Zarceral, donde teníamos una parte de ese huerto comunitario que complementaba la escasa economía familiar. Ahora algunos municipios los vuelven a recuperar para ponerlos a disposición de los desempleados, para que puedan cultivar los alimentos necesarios en la ingesta diaria. 
A los ocho años hice la 1ª comunión. El misal, el rosario, la típica foto y el paseo por el pueblo a casa de familiares, vecinos y conocidos para recibir la propina. Aún tengo en casa uno de los nuevísimos billetes de cinco pesetas que me dieron en casa de Dionisio. Yo, entonces pensaba que ahí, en esa casa, tenían una máquina de hacer billetes, ¡cosas de niño! 
Mi etapa escolar empezó a los 4 años en párvulos; pizarra, pizarrín, cartilla y, sobre todo, la dedicación de la maestra, Doña María Francisca, que conseguía el milagro y aprendíamos nuestras primeras palabras. 
Con seis años pasé a las escuelas de arriba, mi maestro siempre fue D. Juan Andrés. Era un buen maestro, tenía fama de no pegar y en verdad no pegaba, poseía una vara que le servía de puntero y que a diferencia de otros no escondía cuando venía el inspector porque era eso un puntero que usaba para señalar sobre los viejos mapas de hule. 
Recuerdo la calefacción individual para combatir el frío, alguna estufa portátil de diseño, comprada en el comercio, ¡que envidia!, porque las más eran de fabricación casera hechas con latas de sardinas, que subíamos a la escuela volteándolas para avivar las brasas, ¡más de un disgusto dieron! El tufo, el humo y la mala combustión a veces nos obligaba a sacarlas al patio. 
En aquellos años y para paliar nuestro déficit alimenticio en la escuela nos repartían queso y leche en polvo. Formaba parte de la ayuda americana, venía en sacos y bidones dejando a la vista, que se viera bien, el anagrama de dos manos estrechándose con el fondo de la bandera “yanqui” 
También recuerdo la naranja que nos daban cuando cogíamos las vacaciones de Navidad. Hoy, según UNICEF, aquí en España uno de cada cuatro niños está en el umbral de la pobreza y muchos de ellos la única comida decente que realizan es la que reciben en los comedores escolares. 
La segregación educativa por género era una realidad en esos años. La enseñanza no era neutra para los dos géneros, teníamos asignaturas distintas. Se nos inculcaban valores diferentes, se nos iba trazando el camino para nuestra idónea ocupación laboral en función de nuestra condición de hombre o mujer. Ahora, el Ministro Wert vuelve a la carga con esto de permitir nuevamente la segregación de género en los colegios. 
En ese contexto de segregación entre niños y niñas hay que situar el castigo que me impuso mi buen maestro D. Juan Andrés y que paso a relatar. Consistía en ir a la clase equivalente de las niñas y darles los buenos días. Llegué hasta su puerta, permanecí un buen rato atenazado por la vergüenza y el miedo. Abrir la puerta era enfrentarme a lo desconocido, desfilar por un interminable pasillo con pupitres a un lado y a otro, ocupados por niñas y al fondo desde la perspectiva de un niño de ochos años, la impresionante mesa y detrás de ella recortándose la más imponente figura de doña Inés. Al fin me armé de valor, entré y caminé rápido por el pasillo central sintiendo las miradas y las risas de las niñas; llegué a la mesa y dije: “buenos días doña Inés, me envía don Juan Andrés a darle los buenos días a usted y a toda su clase”, bueno eso es lo que tenía que haber dicho pero sólo balbuceé alguna palabra y salí corriendo como un galgo y ya ni tan siquiera oía las risas que arreciaban entre las niñas. Un duro y sutil castigo. 
Pero basta ya de recuerdos y pasemos a otras cosas que quiero destacar, como es la alta conciencia de Compromiso Social que hay en este pueblo. Los valores de libertad, solidaridad y justicia social crecieron, se asentaron entre nosotros desde tiempos muy lejanos. 
A finales del siglo XIX Villavieja contaba con dos organizaciones de ayuda, en caso de enfermedad e inutilidad para el trabajo o jubilación: la “Sociedad de Socorros Mutuos” (1885) y la de el “Círculo Católico Obrero”(1895), un compromiso de socorro mutuo, hecho desde abajo, por ellos y para ellos. De la importancia que tenían estas sociedades en Villavieja basta con decir que el 25% de la población estaba afiliada a una de esas dos sociedades. 
En 1909, tres años después de la aprobación de la Ley de Sindicatos Agrícolas, se constituyen el “Sindicato Agrícola de Villavieja” y en 1911 se crea el Sindicato Agrícola “La Fuerza de la Unión”. Defendían los intereses comunes y la modernización agropecuaria. 
Las precarias condiciones laborales de finales del siglo XIX y principios del XX hicieron que entre los obreros y jornaleros prendieran rápido las ideas socialistas. 
Villavieja, a pequeña escala, fue la incubadora donde se acunó, meció o brezó, como decimos por aquí, el socialismo provincial, primero con la creación de la Sociedad de Socorros Mutuos. Luego en 1900, doce años después de la constitución de la UGT de España, se crea la “Sociedad de Resistencia Obrera” o “Agrupación de Trabajadores”. 
La ideología socialista ya estaba asentada en la villa a través de las sociedades obreras pero no es hasta el 18 de febrero de 1908 cuando formalmente se constituye la Agrupación Socialista de Villavieja, fundada por nuestro paisano José Acosta, el cual falleció dos años después, víctima de una enfermedad contraída en su trabajo. Aún hoy, siguen muriendo cada año centenares de trabajadores por accidentes laborales o por enfermedades profesionales. 
En 1909 se crea la Sociedad de Canteros, afiliada al Partido Socialista ese mismo año. En 1910 se reorganiza la Sociedad de Zapateros, después de un periodo de inactividad. En 1930 se crea la “Sociedad de Trabajadores de la Tierra, La Equidad” y la de “Oficios Varios”. En 1936 se constituye la“Juventud Socialista de Villavieja de Yeltes” Inauguró su bandera en un acto celebrado en mayo de ese año. 
La Casa del Pueblo que, por cierto, estaba aquí en la Plazuela, el "Centro Obrero" fue un foco de información, de libre opinión y de anhelos de libertad y justicia social. De ahí salieron las reivindicaciones laborales, sociales y políticas de cada época. Preocupados por el acceso de los obreros a la cultura y a la educación promovían actividades de lectura, teatro, baile y excursiones. Crearon también una cooperativa de consumo y pronto empezaron a celebrar el 1º de Mayo y, en conmemoración del 1º de mayo de 1900, la Agrupación de Trabajadores de Villavieja erigió un monolito. Actualmente en la dehesa. En fin, gente comprometida con la sociedad. 
He recopilado mucha documentación al respecto de las sociedades de socorros mutuos, los sindicatos agrarios, las sociedades obreras y políticas, sus dirigentes etc. Es un periodo ciertamente interesante de la historia de nuestro pueblo, pero por razones obvias no procede extenderme en este pregón, tiempo habrá en el futuro de hablar y profundizar en éstas y otras cuestiones. 
Al resaltar aspectos de la conciencia social de este pueblo, para mí tiene gran relevancia el acto del día 6 de diciembre de 2006 promovido por vecinos, familiares de represaliados, la Asociación Salamanca y Justicia y el Ayuntamiento de Villavieja. Un gran día, no de revancha y sí de justicia. Un día para dar a conocer la verdad y rescatar del olvido a personas honradas, que habían actuado en la más estricta legalidad, luchando por la igualdad y la libertad y que dieron su vida o sufrieron penas de cárcel o la depuración por defender esos valores. Un gran día también para la reconciliación y el recuerdo de todas las víctimas de la guerra y la sinrazón, ¡DE TODAS! Un gran día para dejar aflorar alguna que otra lágrima, no llorada y olvidada en la memoria, un día para un emotivo y sencillo acto que culminó con la inauguración de un monolito en el barrio del Rodeo. Un día de los que te apetece y te alegras de haber vivido ¡Gracias paisanos por haberlo hecho posible! 
Gran conciencia social es la de la buena gente. Hoy hemos visto un ejemplo aquí: el Ayuntamiento de Villavieja desde hace unos años tiene a bien distinguir al vecino del año que ha destacado por su labor en pro de la comunidad, y así hoy hemos visto el reconocimiento al grupo ciclista de Villavieja. En otras ocasiones se ha homenajeado a algunos vecinos a título individual, por ejemplo a Briones, y a otros muchos a los que merecidamente se les ha ido premiando año a año, buena gente, honrada, comprometida, altruista, que han dado y siguen dando mucho por Villavieja. 
Aquí se han ejecutado muchas obras gracias a la aportación vecinal, ahí están las diferentes asociaciones culturales y deportivas, ahí están los que editan o editaron "El Encinar de Nampalancar”, “La Brezosa”, el “Boletín Río Yeltes”, los “Última Hora”, la TV de Villavieja; también los blog de Villavieja, en especial “Tierra Charra”. Igualmente la viva memoria visual del A. Moro, los integrantes de la comisión de festejos y las sucesivas corporaciones municipales. 
En fin, aquí hay mucho tiempo dedicado al bien común, un buen trabajo que como tantas y tantas cosas sólo echaremos en falta cuando nadie lo haga ¡muchas gracias a todos ellos! 
Ahora vamos con algunos apuntes socioeconómicos. Nuestro pueblo en la primera mitad del siglo XX tuvo cierta pujanza económica: la industria, la construcción, los servicios, el sector agropecuario generaban riqueza y empleo. Esta pujanza nos permitió aguantar un poco más que otros pueblos de la zona, pero la industria no se modernizó y, prácticamente desapareció, arrastrando en la caída a otros sectores y al final tampoco nos libramos y llegó la fuerte emigración y el declive. 
Ni siquiera el tren consiguió dinamizar esta zona. La llegada, el 25 de julio de 1887, del primer tren fue una oportunidad para el desarrollo de esta zona, una de las más pobres, entonces y ahora. Durante un tiempo tuvo un efecto positivo en la economía y el empleo local pero poco a poco las expectativas creadas se frustraron y así el último tren circuló por Villavieja el 31 de diciembre de 1985, acabando con el sueño de 98 años y que a la postre no nos trajo el progreso que de él se esperaba. 
Sin duda, uno de los principales problemas de este pueblo está en lo relativo a la población. Veamos algunos ejemplos. 
En 1850 teníamos 1.200 habitantes, 157 más que los que por aquel entonces tenía Vitigudino. En el año 1900 el municipio contaba con 1.850 habitantes y en la mitad del siglo XX alcanzó el máximo de habitantes, superando los 2.500. El declive empezó tras el Plan de Estabilización de 1959 y los planes de desarrollo de la década de los años 60, lo que originó el éxodo rural a las ciudades. En 1970 bajamos de los 2.000 
habitantes y en 2006 se bajó oficialmente, por primera vez, de los 1.000 habitantes. 
Cuando nací, mi pueblo tenía 2.593 habitantes, hoy apenas 900. Durante mi vida Villavieja ha perdido 1.681 habitantes, un 65% de la población. Cuando nací, según el número de habitantes, mi pueblo ocupaba el lugar 14, hoy ocupa el lugar 37 de la provincia. Este declive se ha mantenido tanto en periodos de crisis como de auge económico. Por lo tanto, es un problema estructural con un origen claramente económico y que se ha ido agravando con el paso del tiempo. 
Pero si hay algo más preocupante que la pérdida de población es el enorme grado de envejecimiento que tenemos. Vuelvo a comparar la época de mi infancia con la actualidad. Antes, el 31% de la población tenía menos de 16 años y los mayores de 64 años tan solo eran el 8%. Ahora, los menores sólo representan el 9% y la tasa de envejecimiento se situá en el 36% , 28 puntos más. 
La tasa de dependencia, que mide la relación entre la población que está fuera de la edad laboral y la que está en edad laboral, antes era del 61% y ahora es del 80%, 19 puntos más de carga que tiene que soportar la población productiva para mantener a la dependiente, es decir, a niños y mayores. 
Analizando la tasa de renovación vemos datos muy preocupantes: antes de cada 10 personas que se iban a jubilar había 16 dispuestas para trabajar y ahora de cada 10 que se van a jubilar tan solo hay 7 que, por edad, pueden entrar a trabajar. 
Por lo tanto, estamos ante unos índices demográficos de envejecimiento, dependencia y de sustitución pésimos, situándonos entre los peores datos de Salamanca, de Castilla y León y de España. 
Son tiempos difíciles, nuestro tejido productivo es muy débil. En la actualidad, Villavieja sólo tiene 227 activos, una tasa de actividad de un 45%, 8 puntos por debajo de la media provincial y una tasa de paro del 26%, 4 puntos por encima de la media provincial y el dato más preocupante, tan solo el 25% de la población está activa, 20 puntos menos que la media provincial. Y este dato no es peor gracias a los que resistís, a los que permanecéis aquí, a los que aquí vivís y trabajáis, luchando a diario por el pueblo. Vuestro esfuerzo lo mantiene vivo y esperemos que lo catapulte a un mejor futuro. 
Solos no podemos, por ello demandamos de las administraciones el apoyo decidido a estos núcleos rurales, demandamos buenas carreteras y transportes, que nos unan no sólo con la capital sino que tejan una eficiente red con los pueblos de nuestro entorno; pedimos nuevas tecnologías, internet de alta velocidad, que haga posible el teletrabajo, ayudas para las empresas que se asientan en el entorno rural, ayudas para la explotación de nuestros recursos endógenos, agropecuarios, del granito o del turismo rural. 
Queremos dinamizar nuestra economía para crear empleo y fijar población, para lo cual también es imprescindible el mantenimiento en el pueblo de unos eficientes servicios públicos de sanidad, educación y sociales. 
Y sobre la polémica de la mina, siendo quien soy, no sería yo si lo pasara por alto, por lo tanto algo voy a decir al respecto. Hace 2.000 años, a 10Km. de aquí, los romanos ya tomaban las aguas medicinales del Yeltes. Allí uno de ellos, el romano Eaccus, hijo de Albini, erigió un altar a los dioses del cielo en honor a sus curativas aguas. Hoy, en el mismo lugar, otros hombres con imponentes máquinas van a erigir un nuevo altar, no hacia el cielo sino hacia las entrañas de la tierra, de la que esperan extraer el codiciado uranio. Tenemos que exigir que se despejen todas las dudas: a ver si por crear un puñado de empleos durante unos pocos años ponen en riesgo lo más preciado, nuestra salud, destruyen el balneario, la actividad ganadera y el turismo rural y, en consecuencia, el empleo que generan, porque en esta materia el miedo existe y habría que preguntarse: ¿quién vendrá a tomar las aguas del Yeltes? ¿quién consumirá la carne o la leche de nuestras vacas? ¿quién vendrá a nuestras casas rurales? Sabiendo que a escasos metros del agua, que a escasos metros de donde pasta el ganado, que a escasos metros de donde se alojan está la gran mina. En definitiva, que nos demuestren que no hay riesgo para la salud y que va tener más beneficios que perjuicios. Sólo se acuerdan de nosotros para este tipo de cosas. 
Decía Antonio Machado: “si bueno es vivir, todavía es mejor soñar... Le hago caso y voy a soñar y soñé que los cauces del río Yeltes y parte del río Huebra aún no afectado por las grandes presas hidroeléctricas se protegían, preservando intacto su paisaje y su fauna. 
Y soñé con una ruta bordeando la ribera del Yeltes, desde Santidad a Juantan, 16 kilómetros, uniendo los molinos y aceñas, disfrutando de un río bravo en invierno y manso en verano, discurriendo apacible por el vado o rápido y ruidoso cuando atraviesa la cachonera de Esmeraldo. Un río de aguas limpias, porque también soñé que había una depuradora de aguas residuales que había liberado al Zarceral y al regato de la dehesa del hedor y la inmundicia. 
Y soñé con rutas por caminos bien señalizados que nos llevan a parajes de nuestro entorno o a los pueblos vecinos o por una dehesa repoblada, que nos llevaba entre centenarias encinas y más que milenarias e imponentes peñas de caprichosas formas. 
Y soñé que el trazado de la vía era una ruta verde, la estación rehabilitada y a modo de albergue daba la bienvenida a quienes hacían la ruta de 77 kilómetros, de Boadilla a Barca d' alva, de los cuales 8 transcurren por nuestro municipio, desde el puente de hierro a El Mojón, en las estribaciones de la Brezosa. 
Y Soñé con la recuperación de una rica arquitectura rural y agropecuaria, construcciones integradas en el paisaje, en el cual se mimetizan, 
o en el pueblo, representan un valor al que no debemos renunciar. 
En torno al agua tenemos magníficos ejemplos de: depósitos, fuentes, lavaderos, abrevaderos, pozos, norias, cigüeños, aceñas, acequias, pontones, pequeños puentes y molinos. 
En torno a lo agropecuario: corrales, cabañales, tenadas, el embarcadero de ganado de la estación, potros de herrar, gallineros y palomares con sus nidales y ponederos, cochiqueras, apriscos, chozos, paneras, cerramientos de piedra y portones o puertas carreteras o la caseta del guarda de la dehesa, ejemplo de una modesta vivienda de monte que a mi modo de ver también habría que recuperar. 
En fin, poner en valor este singular patrimonio catalogándolo, seleccionar los más interesantes, acometer su restauración arquitectónica y, en algunos casos, también funcional para conocimiento de cómo se desarrollaba la actividad y hacerlas accesibles mediante sendas, a modo de ruta de la la Arquitectura Rural Tradicional. 
Y soñé con un pueblo en el que había trabajo, las casas ya no estaban vacías. Villavieja ya no sólo era un lugar para pasar unos días en agosto, que también, ya no era un pueblo envejecido, para el retiro y el bien morir; otra vez aparecían niños correteando por las calles, observados por los mayores, satisfechos de ver cómo los padres de esos niños podían trabajar en este entorno; un pueblo donde de nuevo fluía la vida. 
Vuelvo a Machado y completo su frase, que la dejé a medias “si bueno es vivir, todavía es mejor soñar y, lo mejor de todo, despertar”; le vuelvo a hacer caso y despierto. Y mientras espero que los sueños se cumplan me conformo con parajes por donde caminar o los paseos por la dehesa, donde también lo hacen los muchachos y las parejas de nuevos y viejos enamorados, como siempre se hizo. 
Me conformo con bordallear por el río, buscando el alivio de los árboles ribereños en los calurosos días, me conformo con la tertulia al fresco de la noche, me conformo con disfrutar la época de lluvias cuando la escorrentía de las empapadas laderas inunda las hondas quebradas y las charcas de Nampalancar y la Dehesilla. Cuando corren torrenciales los arroyos de los Caballeros, de las Herrerías, de las Tenerías, de los Fresnillos, del Zapatero y el de la Dehesa. Cuando se ceban y manan nuestros manantiales y fuentes, el caño viejo o el Albercón, cuando el agua se precipita con fuerza hacia el Yeltes, que crece e inunda las acequias de los viejos molinos, que gana anchura en los vados y fluye rápido, torrencial y ruidoso entre los berrocales. 
Es, entonces, cuando se ofrece la oportunidad de descubrir otra Villavieja, la oportunidad de deleitarse con la inusitada y brava belleza de nuestro paisaje que entre encinas y robledales nos regala con un verde esplendoroso que el verano convertirá en agostados pastizales. 
Y dejo los recuerdos y dejo los sueños para volver al presente, y el presente es la fiesta y, a éste que habéis elegido para vocear el pregón, sólo le resta hacer un llamamiento a vecinos y a forasteros, a los que siempre recibimos con hospitalidad, para que participen y disfruten de nuestras merecidas fiestas. 
Llegó la hora del reencuentro de las familias y las viejas amistades, tiempo de meriendas, tiempo de volver a los sabores del pueblo, una pinta de vino, unas tajadas de la matanza, otra pinta de vino, un cacho de hornazo, otra pinta de vino, ¡uf no me acordaba del colesterol!, ¡uf ya me lo recordará Inés! Bueno, sabéis lo que os digo, que estamos en fiestas y por unos días ¡olvidemos el colesterol! 
Fuera preocupaciones, son días para vivir Villavieja con intensidad, para sentirla alegre, bulliciosa y divertida; días para nuestra participación activa en todos los actos programados: charangas, cabezudos, encierros, corridas, verbenas, juegos para niños, juegos para mayores, para todos hay; la Comisión de Festejos y la Corporación no se han olvidado de nada ni de nadie. Tampoco el señor cura que nos invita a la novena, a la procesión de la patrona, la Virgen de Caballeros ¿y cómo no? a la misa mayor. Y a acudir a la plaza a recibir a nuestra patrona nos invitan los dos, el alcalde y el cura, el cura y el alcalde porque allí en la plaza convertida en un crisol se funden los actos religiosos y laícos, allí se mezclan los sentimientos de unos y de otros, allí cabe todo el mundo, creyentes y agnósticos, hombres, mujeres y niños, vecinos de esta villa y forasteros abarrotan la plaza. Allí se baila el cordón y se canta la salve. Allí se saluda a la Virgen y se canta el himno de Villavieja y es ahí, en ese acto, donde a todos nos embarga la emoción, donde impera el respeto y la tolerancia, donde verdaderamente comienzan las fiestas de Villavieja. Y allí tendría que ser este pregón. 
Por orden del señor Alcalde y el poder que me da el ser pregonero os anuncio el comienzo de las fiestas patronales de 2014. Llegó la hora de romper el silencio, llegó la hora de que la diversión, la bulla, el jolgorio y el alborozo vuelvan a nuestras calles, calladas durante demasiado tiempo, llegó la hora de dejarnos contagiar por la sana algarabía de las peñas y vivir con intensidad y confraternidad estas fiestas, porque de aquí al día 30 lo único que cabe es la alegría, compartidla con los demás, disfrutad villaviejenses, disfrutad villaviejensas, disfrutad, disfrutad. 
Y como decía Juan Ignacio en sus canciones: “la universal “ y “la jota de chaparrones”: 
viva, viva Villavieja,
y su juventud alegre
venga baile, venga juerga,
esto es lo que nos divierte
¡hala muchachos bailad!
venga baile, venga juerga,
viva, viva su juventud alegre
viva, viva Villavieja.

¡Muchas gracias por este honor y felices fiestas “para todos y para todas”!

3 de marzo de 2014

Pregón de Fiestas 2013

Como consecuencia del largo periodo de inactividad de este blog - desde abril del pasado año hasta enero de este- estaba sin publicar -en el blog- el Pregón de Fiestas del año 2013 que corrió a cargo de Eduardo Moro Martín. Vamos a subsanar hoy esa cuestión. Aquí lo tenemos.

Sr. Alcalde, señoras y señores miembros de la Corporación Municipal, querido público: paisanos, allegados, amigos. Mi saludo al alcalde y concejales es también el saludo y la presentación de mis respetos al pueblo de Villavieja del que ellos son legítimos representantes.
Cuando el Alcalde me invitó a ser el pregonero de este año, me quedé un tanto sorprendido pues no veo en mi currículum mérito alguno que me avale. Lógicamente me sentí halagado; pero, como soy más tímido que vanidoso, tuve mis dudas. Sin llegar a despejarlas del todo, acepté, y aquí nos vemos. No estoy acostumbrado a hablar en público en foros tan numerosos. Es mi estreno como pregonero, y lo afronto con el temor propio del debutante, pero con la confianza de ser aceptado por vosotros, a quienes percibo como audiencia expectante, acogedora y benigna. Mi sincero agradecimiento por vuestra adhesión a este acto. Espero que sepáis disculpar a este juglar por encargo, que no de oficio, si mi discurso no os alcanza con la naturalidad y sencillez que pretendo.
Así pues, acepté por deferencia al equipo municipal que confió en mí entre los posibles candidatos. Gracias por esa confianza y por el honor que se me hace con tal propuesta. Pero el motivo definitivo fue considerar que esta es mi aportación a la fiesta y al pueblo, desde el convencimiento profundo de que uno está realmente integrado en un colectivo cuando participa activamente en los proyectos y actividades del mismo. Aprovecho, pues, la oportunidad que se me brinda de contribuir de esta forma a los eventos festivos de este año.
No soy un conferenciante al uso, ni un comunicador profesional. No planteo esta mi intervención pública como tribuna de nada, ni como análisis o estudio de carácter histórico, cultural o sociológico. No es ocasión para reflexiones profundas, sino para la celebración alegre de nuestras fiestas, un año más, como siempre, como nunca, celebración nueva cada año. Este es el sentido que pretendo dar a este pregón a las puertas de las fiestas que se anuncian. Quiero que este sea un acto de afirmación, de exaltación de lo nuestro, de compartir juntos el sentimiento que nos une como miembros de esta comunidad.
Sé que la mayoría de nosotros somos propensos a comentar experiencias de nuestra infancia y juventud. Para los mayores, dan contenido a las conversaciones, y a nuestros jóvenes les aportan conocimiento de un pasado del que son herederos forzosos y que va a influir de alguna manera en sus vidas.
Al hablar de momentos que la memoria ha seleccionado como felices nos sentimos bien, por eso nos gusta hacerlo. El poso de nuestros recuerdos es el sedimento benéfico que alivia el rigor del presente y la incertidumbre del futuro.
Sin caer en el exceso, es necesario que hable de mí. El sentido de comentar peripecias de mi pasado no es otro que ilustrar mi relación con el pueblo a lo largo de mis años. De alguna forma justificar mi presencia aquí hoy.
Permitidme, pues, que el crío que fui guíe por un momento cogido de su mano al hombre que ahora soy por entre esas calles y paisajes donde se enredaron sus juegos, sus días y sus sueños.
Mi vida infantil estuvo condicionada por la profesión de mi padre, que ejerció como maestro en diferentes pueblos, ahora próximos, entonces más distantes, dado lo precario de las comunicaciones en aquellos años.
Así, nací en Fuenteliante, y viví sucesivamente en Sobradillo y Olmedo hasta los dos años y medio. A esta edad me trasladaron a Castillejo de Dos Casas, un pueblo muy pequeño, perdido en la raya de Portugal.
Este es el primer lugar del que guardo recuerdos. La familia vivió allí diez años. Fue la infancia feliz: la escuela, los amigos, los vecinos, el callejear y perderse jugando por los rincones del pueblo,… Ahí estaban la matanza, la vendimia, la trilla, el muelo, bodas y bautizos en los que participaba todo el pueblo y los niños lo disfrutábamos de manera especial. Fechas ilusionantes, de fiesta y comida especial, cuando el calendario se identificaba con el santoral y la vida se regía por el ciclo de las estaciones y las labores agrícolas.
Y desde allí mis primeros recuerdos de Villavieja, cuando todos los veranos, se organizaba ritualmente el viaje que nos traía aquí a pasar las vacaciones.
Villavieja aportaba a mis experiencias infantiles otra dimensión:
Aquí estaba mi abuela, los tíos y primos, una familia larga y las amistades. De aquellas visitas a parientes y amigos de mis padres, guardo el recuerdo de la recompensa con algún dulce casero y el reconocimiento a mi comportamiento de niño bien educado con una expresión que yo entendía como elogio pero cuyo significado exacto tardé tiempo en comprender: "¡Qué pulido!"
Pero, sobre todo, Villavieja era el pueblo grande, con sus comercios, fábricas y talleres, y coches. Y la estación, con el viejo tren de vapor, tan ruidoso y sucio como fascinante para mí, y la fábrica de harina y el embarcadero, y el coche correo.
Aquí tenía acceso a cosas no habituales para mí: las golosinas, los helados, los tebeos compartidos, intercambiados, releídos mil veces.
El cine, acontecimiento social de la época, donde los niños veíamos a nuestros héroes, cuyas aventuras recreábamos en nuestros juegos
Y, por fin, la Feria: la verbena, los encierros, la plaza cerrada con carros, y toreros vestidos de luces, las barcas de Avelino, la fotografía de Luciano Soto, las tómbolas y tenderetes, ... y mucha gente por las calles.
Cierro esta lista de impresiones infantiles refiriéndome a las vivencias relacionadas con la Iglesia, en este pueblo imbuido de religiosidad a la usanza de la época: misas, procesiones, novenas y letanías, minervas, cofradías, muchos curas. Consecuencia de estas influencias fue mi etapa en el Seminario de Ciudad Rodrigo, vivida intensamente en esta parroquia, dentro del grupo numeroso de seminaristas, donde hicimos amistades que aún perviven.
Este periodo coincidió con la estancia de la familia en Villares de Yeltes, destino de mi padre previo al definitivo de Villavieja. En Villares viví poco, puesto que el tiempo de mis vacaciones de estudiante lo pasaba más en Villavieja que allí. Pero esos cortos espacios de tiempo fueron suficientes para que surgieran afectos que aún perduran y que en mis frecuentes visitas a ese entrañable pueblo me sienta como en mi segunda casa.
De la etapa posterior, de juventud y soltería, vivida intensamente como sólo acontece en esa edad, sólo me referiré a algunos hechos puntuales no tanto de carácter personal sino dentro de un grupo y con alguna proyección en el entorno.
La Fiesta de los Quintos. Para mí significó el alta definitiva como villaviejense de derecho, puesto que coincidió con el traslado de la familia al incorporarse mi padre al colegio de aquí. También significó mi integración en el grupo de mozos que formamos la quinta, con los que no había coincidido en la etapa escolar, cuando se hacen las primeras amistades. Recientemente nos hemos vuelto a reunir para celebrar aniversarios. La última vez el verano pasado con motivo de la entrega por parte del Ayuntamiento de la placa conmemorativa de nuestra entrada en la mayoría de edad definitiva: los sesenta y cinco años.
De aquella época, recuerdo con especial simpatía el breve episodio de mi colaboración con el conjunto musical  "Los Juglares". Aquellos chicos contribuyeron a animar los domingos de muchos jóvenes, alguno de los cuales hoy, ya maduros, lo recordaréis asociado a escarceos amorosos y noviazgos, que en algún caso acabarían en boda. Fue una iniciativa tan entusiasta como efímera. Como dice uno de sus componentes, tuvieron la desgracia de coincidir en el tiempo con Los Beatles y Los Rolling Stones, competencia insuperable.
En la misma época, nuestro amigo de la pandilla, Luis González, promovió un grupo de teatro integrado por un amplio plantel de chicos y chicas. Recuerdo nuestras representaciones en el salón de cine/teatro del desaparecido "Centro Parroquial" y los aplausos generosos de un público agradecido y cariñoso que llenaba el patio de butacas. Aquellos amigos tuvimos otras actuaciones, como algún espectáculo de escenas charras, baile del cordón en la Feria, y hasta animamos alguna Nochebuena con la recreación de estampas navideñas.
Los mismos amigos hicimos la "Peña de Pitirrisqui", con madrina, himno y torero. Fuimos pioneros en esto. Parte de la peña se integró posteriormente en la "Peña de bebe y vete", que durante varios años tuvimos una participación muy activa en las fiestas. Estuvimos en los desfiles de disfraces y hasta ganamos algún premio, aunque esto es lo de menos. La última intervención pública de los "Pitirrisquis" fue hace apenas tres años con la donación del cerdo y la implicación en la popular matanza tradicional.
Creo que de lo que acabo de relatar se deduce que sí he estado en el pueblo. Pero lo más importante es que el pueblo ha estado en mí. Empecé a ser pregonero hace mucho tiempo, cuando al regreso de las vacaciones yo hablaba de las cosas buenas de Villavieja a quienes estaban cerca, en familia, en el trabajo, en el círculo de amistades. Y lo hacía con un entusiasmo del que yo no siempre era consciente, pero que ellos me lo advertían.
Todo lo referido anteriormente no quiero que se tome como ejercicio de desahogo nostálgico, sino como ojeada retrospectiva, buscando los fundamentos de ese arraigo que nos ha ligado definitivamente a nuestra tierra; como necesidad de descubrir y apreciar en su justa medida aquellos rasgos que nos han identificado como villaviejenses y nos han cohesionado como miembros de esta comunidad.
Esas son las raíces que hacen que un pueblo perviva y proyecte su personalidad, sentida por los propios y reconocida por los extraños.
Y ese arraigo hay que buscarlo en el sentimiento, y esos sentimientos se nutren de las experiencias acumuladas que se nos antojan felices. Sobre todo cuando esas vivencias son compartidas con personas afines. Y por todo eso volvemos al pueblo los que hemos salido de él: para reencontrarnos, con nosotros mismos y con los demás; para perdernos cuando necesitamos estar solos, para exteriorizar alegrías y compartir éxitos; como refugio en la desgracia,… Y todo eso lo hacemos sin complejos, porque nos sabemos en un territorio familiar, facilitador de lo espontáneo y natural: en nuestra común casa grande, donde reconocemos cada rostro, cada cruce de calles, cada camino, cada perfil, cada silueta; donde nos sentimos seguros y contamos con la confianza de quienes nos rodean.
Pero no podemos focalizar el devenir del pueblo en nosotros, la población aquí representada mayoritariamente. Aquí hay mucho pasado y yo he hablado del pasado sólo como antesala de un futuro que quiero esperanzador.
Posiblemente seamos la generación que, en pocos años ha vivido más cambios: económicos, políticos, sociales, tecnológicos. Pero no voy a caer en el error de pensar que se ha tocado techo, ni mucho menos en concluir que los que vienen detrás no están a nuestra altura.
Veo en la calle otro público, joven, alegre, preparado, ilusionado, con proyectos,… con tiempo por delante. Me gustaría dedicarles este pregón. Pero temo que la mayoría no están aquí y, si estuvieran quizás el pregonero no encontraría la manera de sintonizar. Comunicamos en frecuencias diferentes. Igual que ellos no nos imaginan jóvenes, ágiles, bulliciosos, incluso gamberros, ellos para nosotros seguirán siendo ―los niños‖, aunque estén estudiando con éxito o asumiendo responsabilidades familiares o profesionales con eficacia. Esto no es nuevo ni algo peculiar y exclusivo de esta época. Las diferencias generacionales han existido siempre. Atención a este comentario: "Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos."
O este otro: "Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible."
Estas apreciaciones que podrían atribuirse a algún analista actual corresponden, la primera a Sócrates (Grecia, s. V a.C.); la segunda es de Hesíodo (Grecia, s. VIII a. C.); y alguna otra de contenido similar se ha hallado grabada en un recipiente de arcilla descubierto en las ruinas de Babilonia (actual Bagdad) con más de 4.000 años de existencia.
Pero esas diferencias actualmente son más amplias: las fronteras entre el niño de ayer, nosotros, y el hombre del mañana, ellos, no sólo se mantienen hoy sino que se distancian al ritmo vertiginoso con que cambia nuestra sociedad.
Esta juventud es muy diferente a la de nuestra época, la del "¿estudias o trabajas?" Hoy estudian casi todos y…, por desgracia, no trabaja casi nadie; confiemos en que la situación se torne pronto favorable. Pero hay otra mentalidad, las oportunidades están más abiertas y hay una mayor preparación, y un acceso a la información y a la comunicación que no había en nuestros tiempos. Hay que confiar necesariamente en ellos.
Mirando al presente más inmediato, a hoy, permitidme que, aprovechando la circunstancia, deje un breve apunte para la reflexión sobre el papel que podría corresponder a cada cual en eso de aportar valor al pueblo.
El primer compromiso lo adquieren los residentes habituales, elementos básicos en la configuración del lugar. Los de dentro representáis la permanencia. Sois el eslabón que nos vincula a la historia más reciente, los depositarios del acervo cultural: costumbres y tradiciones, fiestas, folclore, gastronomía, lenguaje local. Por poner una imagen taurina, tan nuestra, representáis la pureza del encaste. Sois el referente en torno al cual se construye la vida del pueblo y la imagen que se proyecta.
Villavieja actualmente es un pueblo moderno, dotado de servicios públicos e instalaciones que dan cobertura a las necesidades básicas: red de alcantarillado y abastecimiento de agua, consultorio médico, centro multifuncional, hogar del jubilado, residencia de ancianos, tanatorio, colegio, biblioteca, instalaciones deportivas, piscina,...
Pero, por encima de los elementos materiales, está el carácter de sus vecinos. Tal como reza su sello, laboriosos y amantes de la justicia. Históricamente se han manifestado rebeldes en situaciones de opresión, emprendedores para buscar salidas a malos momentos, listos en los negocios, solidarios. Pero, al mismo tiempo, alegres, comunicativos, juerguistas, guasones, acogedores de los de fuera, pero orgullos defensores de lo de dentro.
Sin embargo, la transición hacia la modernidad se ha cobrado, como tributo al progreso, algunas de esas características propias del ambiente más rural, más entrañable. Las casas son más nuevas y confortables pero están más cerradas. Las calles están más limpias y arregladas, pero también más vacías. A la pérdida de población hay que añadir que nos hemos vuelto más introvertidos, más urbanos, menos vecinos.
El progreso trae cambios y éstos a veces encuentran resistencias a la hora de adaptarse.
Es preciso, pues, estar abiertos al exterior y no quedarnos en lo que esto fue. Seamos receptivos a la innovación. Acojamos a los que vienen, a pasar el tiempo entre nosotros o a establecer negocios. El que sale aprende, el que viene aporta; unos y otros intercambian experiencias; en definitiva, se enriquecen.
Favorezcamos la integración de los visitantes, los más asiduos y los ocasionales.
A éstos yo les pediría que vengan al pueblo decididos a participar en la vida local, dispuestos al conocimiento y al trato con los vecinos, atentos a las iniciativas y propicios a la colaboración. No podemos estar aquí con la actitud del que utiliza los servicios porque los paga –y por lo tanto exige–, ignorando lo mucho que hay de de imaginación y esfuerzo detrás de todo ello. ¡Esto no es Benidorm!
Aprovechemos la riqueza que supone el conjunto de hijos de Villavieja, descendientes y allegados, con capacidades y destrezas, situación profesional influyente, desahogo empresarial y económico, que están diseminados por la geografía del país. Ganemos de ellos el compromiso con su pueblo.
Es decisiva la actuación del Ayuntamiento, del signo que sea, como promotor de proyectos, encauzador de iniciativas, administrador de recursos. Y todo esto estableciendo cauces de participación, escenarios de convivencia, foros de comunicación, diálogo sincero, intercambio de ideas y propuestas.
Aprovecho la ocasión que me ofrece esta tribuna para rendir homenaje público a algunas personas que en los últimos años se han distinguido por su actividad en favor de la comunidad local. Que sirva como reconocimiento a su labor y como ejemplo estimulante para los demás.
Nombro a algunos como ejemplos ilustrativos, por tener una presencia más personal, sin que ello suponga detrimento para los demás. Más que hacer una lista exhaustiva de nombres, me referiré a las actividades desarrolladas, detrás de las cuales siempre hay personas que todos conocemos.
En primer lugar, ese grupo de personas que han posibilitado la comunicación entre villaviejenses desde aquí hasta el fin del mundo:
El amplio grupo de cronistas gráficos, clásicos en todos los eventos, con sus cámaras al hombro. El pionero, Antonio Moro, "Fondaco", tesorero de un amplio fondo documental obtenido con entusiasmo y constancia a lo largo de muchos años. Los continuadores: el equipo de TVV, ya imprescindibles en el ámbito informativo del pueblo. Cito a Venancio como miembro más visible de un equipo abnegado y eficaz.
Como medio de comunicación, ese lujo de Boletín Informativo y las personas que están detrás de su edición, desde sus inicios, con otros títulos, con otros colaboradores.
Y la "página web", que nos incorporó a la vanguardia de las tecnologías de la información, cuando el uso de las mismas no estaba ni mucho menos generalizado como ahora, al menos en nuestro entorno. Manolo, "Químico", gracias y ánimo.
La fundación que dirige y administra la residencia de ancianos es un ejemplo de compromiso y colaboración desinteresada y eficaz.
Las mujeres de este pueblo, quizás el mejor exponente de evolución positiva, asumiendo nuevos roles sin complejos, participando con ilusión y eficacia en la vida local. Como ejemplos: el coro, las asociaciones de diferente índole, la organización de celebraciones y actividades diversas, las iniciativas empresariales.
Familias y grupos ya clásicos en los desfiles de disfraces, participando año tras año con ilusión y perseverancia.
José Ángel Mateos y sus amigos iniciadores del grupo "Baleo", capaces de hacer bailar a todo el pueblo al son de la dulzaina.
Los hermanos Calderero, bailadores de charro, corredores en el encierro y recortadores en la plaza.
Charros y charras que han destacado y se prodigaron en su día deleitándonos con sus actuaciones y mostrando en el exterior nuestro peculiar estilo. Parejas bailadoras de la rosca. Bailadores del cordón, renovados cada año.
El joven pianista, Diego Hervalejo, que nos ha obsequiado con sus conciertos. Celebramos sus progresos como propios y le deseamos un futuro de éxitos.
Los impulsores de la "Matanza tradicional" y todos los que posteriormente han contribuido donando el cerdo y organizando el evento.
Los amantes de nuestra cultura y tradiciones, con dos exponentes destacados: el vecino, José Martín con su particular "Museo de Villavieja", y la "Asociación de Amigos de Villavieja", promotores de conferencias y varias exposiciones sobre nuestra cultura y costumbres.
Todos aquellos que individualmente o en grupo han participado en diferentes exposiciones, que han aportado riqueza cultural y creativa a las semanas previas a la Feria.
La feria de la artesanía y de productos locales. Nuestra gastronomía: el embutido, el tostón, y esos dulces caseros y ese hornazo que son marca de la casa y que crean adicción en quien los prueba.
Mari Lena y su grupo de su teatro, reconocido por el pueblo, tan dispuesto y agradecido a sus representaciones.
El equipo ciclista, iniciado hace tiempo y que se consolida y se amplía con nuevas incorporaciones.
La comisión de festejos y las peñas ya clásicas colaboradoras con ella.
El grupo de jinetes, diestros en conducir la manada de toros, que año tras año contribuyen a ese espectáculo del encierro a caballo, tan nuestro.
A riesgo de rozar de inmodestia, cierro esta relación incluyendo a los pregoneros que me han precedido.
Si advertís que falta algo, atribuidlo a omisión involuntaria, nunca a mala fe. Estamos a tiempo de engrosar la lista si alguien lo propone. Reitero el reconocimiento, en mi nombre, y presumo de vuestra aprobación si afirmo que también en el vuestro.
Las personas relacionadas anteriormente tienen una actuación más expuesta al público. Su mérito, y así se agradece, es la capacidad de aglutinar en torno a ellos al pueblo en momentos puntuales. Pero la vida del pueblo es el día a día, todo el año. Villavieja fue un pueblo emprendedor, comerciante e industrial, ganadero de siempre. Es preciso destacar el quehacer discreto y abnegado de la población activa –hoy especialmente castigada por la infame crisis que nos afecta de alguna forma a todos–, que mediante su trabajo cotidiano contribuye a la actividad económica, en beneficio de sus familias y, como consecuencia, al desarrollo del pueblo.
Pero sobre todo, este ha sido un pueblo solidario: desde donaciones sobresalientes de quienes poseían mayores recursos (inmuebles y terrenos, ganado para festejos taurinos, aportaciones económicas), a las no menos importantes de la gente sencilla que aportó la prestación personal de su trabajo y cantidades de dinero, más modestas pero que, reunidas todas, fueron suficientes para afrontar el presupuesto de diferentes proyectos. Así se hicieron obras que hoy disfrutamos y que han sido posibles gracias a la contribución de esa población que quiso incorporarse a la modernidad uniendo sus recursos en respuesta a propuestas bien planificadas y presentadas con claridad.
Todo esto nos lleva a la conclusión de que atesoramos un patrimonio humano que constituye nuestra mayor riqueza y es la garantía del futuro de nuestro pueblo.
Ya concluyendo, me daría por satisfecho si este sencillo pregón contribuyera a reforzar esos pilares en los que se cimenta el arraigo: la identificación con nuestra cultura, el sentimiento de pertenencia y el orgullo por lo nuestro.
Si antes he apuntado que el arraigo lo hace el sentimiento, añado que ese sentimiento se afianza cuando es compartido. No hay mejor momento para compartir que las fiestas, la calle, la alegría desparramada, la actitud positiva.
Rompamos el individualismo, participemos activamente en los actos festivos, evitemos los escollos que provocan desunión. Que las diferencias de pensamiento y militancia no sean nunca causa de rupturas irreconciliables sino motivo de debate civilizado y enriquecedor.
Al pregonar las fiestas, pregono una tregua. Tregua a las desavenencias, a los prejuicios, al desánimo, a la crisis. Salgamos a la calle y exterioricemos nuestros sentimientos con cantos, brindis, bailes, esos gestos rituales que forman parte nuestra expresión colectiva. Hagamos cómplice al forastero, incorporemos a la celebración al visitante.
Explotemos el éxito de esos momentos mágicos en que todos vibramos con la misma emoción: el encuentro de todo el pueblo con la Virgen de Caballeros que nos convoca en la plaza, el nerviosismo del encierro cuando suena la campana, la charanga que arranca de nosotros una jota, el pueblo fundido en invisible abrazo cuando canta el "Villavieja de mi amor..."
Demos rienda suelta a la fiesta, la que conocemos, renovada cada año con nuevos jóvenes que se incorporan y son la esperanza de futuro. Hoy quiero que brindemos por ellos, los destinados a tomar el relevo y lograr que Villavieja se siga valorando en nuestro entorno; pero lo más importante: que ese valor lo llevemos siempre incorporado en el sentir de cada uno y en el del conjunto.
Quizás haya en este discurso algo de tópico e incluso de utópico. En cuanto a los tópicos, he de decir que no renuncio a ellos. Son lugares comunes donde nos encontramos cómodos y donde resulta sencillo comunicar y compartir las mismas sensaciones. Respecto a la utopía, la creo necesaria; siempre, pero más en vísperas de la fiesta, tenemos que dejar espacios abiertos a los sueños ilusionantes.
Y, hablando de sueños, de los que se tienen dormido, con los devaneos de la preparación de este pregón, me he soñado con vosotros, con la fiesta, con Villavieja. Ayer, al despertar, medio perdido aún en ese mundo del duermevela, el duende de los amaneceres me fue dictando unos versos. Espero que la pasión que los inspira disimule la torpeza de las palabras.
La noche,
con el pincel de los sueños,
dibuja cuadros oníricos
de perfiles inciertos.
Lejos, perdida en el tiempo,
tañe la “Candonga”.
Huele a humo y a puchero.
Olvidada en un cajón
de la envejecida cómoda,
se guarda una foto vieja,
de festón amarillento los bordes.
Y mi madre amparando
con disimulado gesto
a dos niños inseguros
encaramados
a un caballo de cartón,
con fondo de blanco y negro.
La noche evoca paisajes
donde, en planos sobrepuestos,
se va del ayer al hoy,
y se esfuman los contornos
cuando tratas de aprehenderlos.
Campos de trigo y barbechos.
Caminos
que se funden con los cerros
en horizontes violeta
las tardes frías de invierno.
Y en el recodo, una fuente,
que mana un leve murmullo
de agua,
de sombra verde y de fresco.
Y en la ladera, un rebaño.
Y en la alameda, un jilguero.
El río, encauzado y lento,
cautivo de las pesqueras,
va devolviendo reflejos
de molinos arruinados,
de espadañas y sauceras
que se miran en su espejo.
Y en la orilla, un pescador.
Y en el cielo,
dos milanos se cortejan
y danzan enamorados
al compás que marca el viento.
Peñas que el tiempo ha esculpido
en La Dehesa.
Y un conejo que recorta
en el escobar, esquivo.
Fiestas de invierno al abrigo
de humo de tabaco y vino.
Verbenas de aquel verano
prometedoras de encuentros.
Besos
robados al descuido de la noche,
con fondo de pasodobles,
de testigo los luceros.
¿Estoy soñando?
¿Estoy despierto?
Un gallo clava su grito
en el techo de la aurora.
Alborea el estío.
Sobre tesos y hondonadas,
rompe el alba de colores
la noche en retirada.
Se van la noche y la luna
y amanece
plena de sol y charanga
la fiesta grande de agosto.
Rasgan los cohetes el cielo
y el aire lo inunda el eco
de plegarias a María
y repicar de campanas.
Esquilones de los bueyes
sobre “tonás” y charradas.
¡Acudamos a la Virgen
que se aparece en la plaza!
¡Corramos en el encierro
que ya llega la manada!
¿Se ha dormido el pregonero?
¿Me he olvidado de anunciarla?
Todo fue un sueño inquietante,
una pesadilla extraña,
que inunda mi despertar
de recuerdos y añoranza.
Por la ventana entornada
un rayo de sol advierte
que llega la madrugada.
La vida empieza a moverse.
El curso eterno del pueblo
revive cada mañana,
como el Yeltes, que discurre
siempre por el mismo cauce
con corriente renovada.
Bulle la vida,
hay esperanza:
niños nuevos y amores
que miran hacia el mañana.
Así es mi pueblo
y así lo quiero.
¡Villavieja y su gente,
conmigo vais,
os llevo dentro!
(El pregonero se pone en pie -¿para hablar más alto?- y termina su intervención anunciando las fiestas a la antigua usanza. Suena la trompeta)
Vecinos de Villavieja
y todos los forasteros
escuchad con atención
lo que os dice el pregonero.
Han comenzado las fiestas
en honor de la Patrona,
La Virgen de Caballeros.
Habrá toros y verbenas
pasacalles con charanga
y animación de las peñas.
Salid todos a la calle y
compartid con los demás
la alegría de la fiesta.
Que quien venga a visitarnos
encuentre acogida y sienta
el calor de la amistad
y participe en la juerga.
Bebed vino generoso
que hace olvidar nuestras penas
sin traspasar la frontera
del buen gusto y la elegancia,
talante de nuestra tierra.
Y ya, sin más dilación,
declaro abiertas las puertas
de las fiestas de este año,
dos mil trece, por más señas.
¡Que viva nuestra Patrona
y que viva Villavieja!
Villavieja de Yeltes,
23, de agosto de 2013

16 de septiembre de 2012

Pregón de Fiestas 2012

Tras este paréntesis de descanso retomamos la tarea "blogística". Seguimos con la costumbre de publicar los pregones de las fiestas de Villavieja en este sitio. Aquí tenemos pues, el correspondiente a este año. He querido también hacer referencia a la placa entregada por la Corporación a los promotores de Televisión Villavieja en el mismo acto festivo. Las fotos y el texto se corresponden con lo que he publicado en el número 362 del Boletín Informativo Río Yeltes correspondiente a este mes de septiembre.
A las 22:30 horas del viernes 24 de agosto estaba previsto la solemne apertura de las Fiestas con el Pregón de Fiestas. Antes de dar comienzo éste, el Ayuntamiento recibió a los miembros de Televisión Villavieja haciéndoles entrega de una placa que los distinguía como VECINOS DEL AÑO, en reconocimiento a su labor al frente de este medio de comunicación de ámbito local.
A continuación José Benito González Báez subió al estrado para realizar el Pregón de Fiestas del presente año 2012. Por razones de espacio omitimos su reseña autobiográfica que puede ser consultada en el Programa de Festejos. Transcribimos a continuación sus palabras:

Sr. Alcalde y miembros de la Corporación,

familiares, amigos, vecinos y paisanos todos de Villavieja:

MUY BUENAS NOCHES!!

Todos cuantos me han precedido en el oficio de Pregonero, o una gran mayoría, han comenzado agradeciendo a la Corporación Municipal este nombramiento.

Y yo, lógicamente, no voy a ser menos. GRACIAS señor Alcalde; gracias señoras y señores Concejales. Verdaderamente es un honor muy grande para un hijo del pueblo ponerse aquí, ante todos vosotros, a pregonaros las fiestas, nuestras fiestas. Éste es un acto que me abruma; pero voy a tratar de hacerlo con el mayor respeto y cariño hacia todos. Agradezco enormemente esta distinción; aunque, como todos los pregoneros decimos, no somos merecedores de ello. Yo, desde luego, tampoco he hecho méritos para ser Pregonero. De ahí la extrañeza y el sobresalto mio al abrir el correo en mi ordenador, un día del pasado mes de abril, y ver uno titulado “Una propuesta del Ayuntamiento de Villavieja”, que me enviaba el Alcalde, diciéndome que su equipo de gobierno le había sugerido que yo podría ser el Pregonero de las fiestas de 2012. Esto es algo que nunca podía ni siquiera imaginar, porque por delante de mí hay muchas personas muy preparadas y con títulos académicos y otros valores de los que yo, sin duda, carezco. Mi único título, y del que estoy muy orgulloso, es el de ser villaviejense; y con él me presento ante todos vosotros esta noche para pregonaros las Ferias y Fiestas del 2012.

Es probable que, entre vosotros, haya todavía personas que no me conozcan. Es natural que así sea, puesto que desde los doce años pasé mi vida fuera del pueblo. Voy a tratar de personalizar el Pregón lo menos posible, pero considero que debo explicar algo más sobre mi vida, al margen de lo que ya pone el Programa de las Fiestas. Soy el mayor de los cuatro hijos que tuvieron Eugenia (q.e.p.d.) y Quico el ferroviario, aquí presente con sus 91 años. Mis hermanos son Juan y Angelita; la pequeña falleció a los pocos meses de nacer. Nací en la calleja del Cuco, frente a la tenería de mi tio Felipe Montero Ferreira, en una pequeña casa que ya no existe, el día de Navidad de 1946 que, por cierto, había amanecido con una gran nevada. Fui a la escuela de párvulos con Dña. Mª Francisca aquí en la plazuela. A élla, y a los maestros que tuve aquellos años, estoy muy agradecido, puesto que ellos cimentaron la base de mi formación. En las Escuelas Graduadas estuve hasta el tercer grado, dejando aquí mi formación escolar para irme interno a un colegio de religiosos. Éste era entonces el camino más fácil que teníamos muchos niños si queríamos ampliar estudios y nuestros padres carecían de medios económicos para hacerlo en otros centros. Yo no fui muy buen estudiante, y acabé haciendo lo que entonces se llamaba bachillerato laboral en la Orden de los Frailes Predicadores o, lo que es lo mismo, en los Frailes Dominicos.

En aquella época, una mayoría de los que éramos monaguillos acabábamos yendo al seminario de Ciudad Rodrigo o internos en otros colegios religiosos. Así fue cómo a una temprana edad me ausenté de Villavieja para, como se decía entonces, ser el día de mañana un hombre de provecho. Estando de estudiante sólo venía una vez al año para estar con la familia; lo que hizo que, en cierta manera, perdiera el contacto con el pueblo. Al cabo de un tiempo en los frailes y metido de lleno en el revuelo e innovaciones del posconcilio, quise experimentar el salir a ganarme la vida fuera, apoyado en el movimiento de curas obreros, o frailes, que para el caso era lo mismo. El resultado fue que a los veinticinco años colgué los hábitos y decidí hacer frente a la vida por mi cuenta. A partir de entonces mi vida laboral transcurrió dentro de las Artes Gráficas, en el oficio de corrector y desempeñando otras actividades dentro del mundo de la imprenta. En este tiempo, y ya integrado en la sociedad civil, formé en Vigo una familia de la cual tengo dos hijos: Laura y Daniel, a los que dimos la formación adecuada a los tiempos que nos está tocando vivir. Ahora, desde hace dos años, mi vida se prolonga en la de Noa, mi nietecita. Hoy siento un gran orgullo de tenerlos muy cerca de mi.

Permitidme ahora que, con todo mi cariño, agradezca desde aquí la gran acogida que he tenido por parte de los Iglesias de la Puente, mi nueva familia, en especial a Toñi Iglesias, mi mujer, con quien decidí compartir mi vida. A todos ellos, sin enumerar uno a uno, agradezco cuanto me han ayudado a sentirme un miembro más entre ellos. Igualmente agradezco el apoyo que he tenido entre los que considero mi pandilla, alguno de ellos amigo desde pequeños como es el caso de Poldin, siendo los dos monaguillos. Con todos ellos ha sido más fácil mi integración en el pueblo. Gracias de todo corazón a unos y otros.

Ahora debo confesar que, a pesar de mi larga ausencia del pueblo, siempre, siempre he añorado Villavieja. De ahí que en 2003 fuchicando (esta es una palabra que usamos en Galicia, que bien podemos traducir por algo más que mezuqueando) en el ordenador, dí con la página web del pueblo en internet y ví que semanalmente se publicaba un Boletín Informativo. Esto sirvió de tentación para mí, y me ofrecí a escribir algo. Consideraba que informar cada semana de la forma que lo hacía Manolo requería una labor bastante compleja y, de alguna manera, quise arrimar el hombro sin saber a ciencia cierta en qué me metía. Fue así cómo empecé a escribir aquellos artículos que yo titulaba “Nostalgia de mi pueblo”, y que algunos de vosotros leísteis. Me costó mucho decidirme a hacerlo; y hasta llegué a pensar que, a casi nadie podía interesarle. Manolo, sin embargo, me animó a que lo hiciera. Mi sorpresa fue recibir correos desde distintos puntos de España, e incluso alguno de Suiza y Francia, agradeciéndome mis artículos pues con su lectura revivían los tiempos de nuestra infancia. De ahí, mi temor en estos momentos a que pueda repetirme en muchas cosas y os aburra soberanamente. Trataré de esforzarme, y no caer en ello.

Esta ocasión que me brinda el Ayuntamiento quiero aprovecharla para PREGONAR desde aquí, con letras mayúsculas, el amor a nuestra tierra, el amor que todos tenemos a nuestro querido pueblo. En él nacimos, y en él pasamos una infancia con muchas necesidades. Pero a pesar de ello, fuimos unos niños muy felices, que llenábamos las calles con nuestras risas y griterío, que jugábamos a casi todo en plena calle, que nos quitábamos el frio en invierno saltando en la plaza o en cualquier lugar “a la una anda la mula” o jugando a lo bruto “a la burra pare”, sin importarnos para nada que nos picaran los dichosos sabañones, tan frecuentes entonces en las orejas o las manos de cualquier niño. Jugando en la calle nos olvidábamos de todo. Por eso ahora, asomados al balcón de nuestra infancia crece más nuestro amor por este pueblo que nos vio nacer. Algo tiene Villavieja que, aún viviendo fuera de élla, su recuerdo ejerce en nosotros una atracción que, en cierto modo, nos marca. Villavieja llena todos nuestros sentidos desde que aprendimos a dar por sus calles nuestros primeros pasos. A todos, sobre todo cuando estamos fuera, se nos llena la boca cuando hablamos de Villavieja. Y es que, sin lugar a dudas, siempre fue nuestro pueblo el mejor pueblo de España!!

Por este motivo quiero seguir mi Pregón hablando de nuestro pueblo porque, pregonando nuestras fiestas, es el mejor momento para hablar sólo de él. Y al exagerar antes afirmando que es el mejor pueblo de España, dejadme que intente demostrarlo apoyándome en aquellos preciosos versos que escribiera uno de los hijos del pueblo que más lo ha querido: nuestro J.Ignacio. Hablo de esa poesía que él llamó “Guía de Villavieja”. La escuché por primera vez, recitada con gran maestría por Mateo Estévez, bellamente adornada con su sonora voz, incluída con gran acierto al final de uno de los CDs del Grupo Baleo. Y en estos días la he vuelto a oír en la proyección de “Espejos en la niebla” y en el vídeo de “homenaje a J. Ignacio” que forma parte del valioso archivo fotográfico de A. Moro, que constantemente nos deleita con numerosas grabaciones de la vida de Villavieja. Dice así la poesía:



VILLAVIEJA, tierra mía,

“de Yeltes” apellidada,

río que sereno envía

al Duero sus claras aguas;

en el que los profundos mares

tienen ya depositadas

las arenas de los valles

de estas tierras castellanas.


Con el nombre de VILLAVIEJA todos sabemos que a lo largo de la geografía española hay aproximadamente nueve poblaciones: en las provincias de Castellón, de Madrid, de Orense, de Burgos, de Valladolid, de Guadalajara, de León, de Cuenca y la nuestra de Salamanca. Y he contado hasta catorce pueblos “de Yeltes” apellidados, como el nuestro. El rio Yeltes nace en La Barranca, junto a la Peña de Francia, en el municipio de El Cabaco; y recorre ciento dieciseis kilómetros y medio pasando por Nava de Yeltes, Puebla de Yeltes, Aldehuela de Yeltes, Alba de Yeltes, Castraz de Yeltes, Pedraza de Yeltes, Sepúlveda de Yeltes, Castillejo de Yeltes, Collado de Yeltes, Martín de Yeltes, Santa Olalla de Yeltes, Villares de Yeltes, Villavieja de Yeltes y Yecla de Yeltes. Digamos, pues, que Villavieja tiene trece pueblos hermanos. No era mi intención con esto dar ninguna lección de geografía, pero otro dato curioso es que en la ciudad de Salamanca hay cuarenta y tres calles con nombre de ríos, entre las que está la calle Rio Yeltes, precisamente donde vivió su infancia el seleccionador nacional Vicente del Bosque. Y existe calle Villavieja, a secas, en Madrid, Valencia, Castellón y Alicante.



Sigo con los versos de Juan Ignacio:



VILLAVIEJA, la que siente

en el fondo de su alma

una devoción ardiente

a María Inmaculada,

patrona de nuestro pueblo,

“de Caballeros” llamada,

que fue hace ya mucho tiempo

en Santidad rescatada.



Dicen que fue por el año 1600 cuando unos cazadores de Salamanca encontraron la imagen de la Virgen oculta entre piedras, en la dehesa de Santidad. No tenemos el privilegio de tener una Virgen “aparecida”; la Virgen de Caballeros no se nos apareció, no vino Ella a nosotros. Quiso que la buscáramos, que fuéramos nosotros a Ella, que la encontráramos en la dehesa de Santidad. Por eso nos llena tanto ahora acompañarla, encontrarla siempre que queremos en su ermita, donde la tenemos escondida pero con la puerta abierta para entrar a saludarla a cualquier hora del día. Ella es la mejor vecina que tenemos en el pueblo, y no es exclusiva de nadie; la queremos todos los villaviejenses, sin excepción, porque nuestra Virgen es bandera y símbolo de nuestro pueblo. Nos enorgullece comprobar que, desde que la encontraron aquellos cazadores, la devoción a la Virgen de Caballeros se ha conservado y acrecentado, pasando de generación en generación hasta nuestros días; y todavía hoy, en el año 2012, sigamos pregonando sus fiestas patronales.



Continúo con la poesía:



VILLAVIEJA, la que dio

a su diócesis amada

buenos ministros de Dios,

celadores de las almas;

y, hasta más, hijo de un hijo

de esta villa noble y charra

fuera consagrado obispo

de la diócesis de Avila.



El obispo fue monseñor Santos Moro Briz, que fue obispo de Avila durante treinta y tres años. Estaba emparentado con varias de las familias Moro de Villavieja, este pueblo que dio buenos ministros de Dios celadores de las almas... Muchos fueron los curas nacidos en Villavieja. Y muchos los seminaristas que marcharon al seminario de Ciudad Rodrigo, y otros a colegios de frailes y religiosos. Sin olvidar las monjas, que también las hubo y las hay en la actualidad. Siempre fue un pueblo-vivero de vocaciones religiosas. Recuerdo siendo monaguillo el grupo tan numeroso que había de seminaristas de todas las edades, y viví de cerca la ordenación y primera misa de algunos de ellos. Buen trabajo semanal tenía entonces el Sr. José Vicente, yendo y viniendo a Ciudad Rodrigo con los fardeles de ropa para los seminaristas y demás estudiantes del pueblo.



Seguimos con la poesía:



VILLAVIEJA labradora

la de las costumbres sanas

industrial y ganadera,

orgullo de Salamanca.

Por tus toros eres grande;

por tu industria, renombrada;

por tus fiestas y tus bailes

te llaman “la villa charra”.



Aquí Juan Ignacio quería abarcar toda la actividad de aquella Villavieja, que tantas veces recordamos ahora en nuestros comentarios: labradora, industrial y ganadera, y todo lo que conllevaba el desarrollo de estas actividades. Como recuerdo de aquel tiempo me voy a parar en una industria bastante común en nuestro pueblo, como es la panadería. Ahora tenemos dos panaderías, pero en los años cincuenta había por lo menos media docena. Nuestros panaderos siempre, además del pan, fabricaron dulces, perronillas, repelaos, mantecados, etc., sin olvidar el hornazo, protagonista gastronómico del “jueves merendero”. Pero había entonces, en este gremio, un establecimiento que no hacía pan, sólo se dedicaba a elaborar dulces, bizcochos, pasteles y caramelos: la Dulcería, llamada “Selección” del Sr. Agapito Martín y la Sra. Cándida “la Dulcera” como era conocida. Todos la recordamos despachando limpísima, con un delantal blanco con su correspondiente puntilla todo alrededor, siempre sonriente, mostrando sin querer su diente de oro y luciendo unos grandes pendientes charros. Cuántos niños no habremos rebañado aquellos papeles de estraza, que contenían huellas y, en algún caso, restos de bizcochos salidos del horno, y que élla amablemente nos regalaba. Elaboraban artesanalmente caramelos muy ricos, y algunos llevaban una leyenda en el interior de su envoltorio. Mi padre me ha recordado algunos de aquellos textos, que al desenvolver el caramelo, con curiosidad, todos leíamos. Como, por ejemplo, éste que hacía propaganda del establecimiento: “Villavieja está en un bajo, y en bonita situación; de la Plaza a treinta pasos, la famosa Selección”. O esta otra leyenda: “Toma, niño, un caramelo; y dile a esa mujer que vuelva la cara atrás, que la quiero conocer”. Buenos ratos pasábamos asomados a la ventana-escaparate de la Dulcería de la Sra. Cándida.



Continúo con la Guía:



VILLAVIEJA, que ha nacido

en tu corazón la Plaza,

que es la mejor del Partido,

la más bonita, la más amplia,

la que preside las bodas,

los bautizos y algazaras,

y hasta la última hora

cuando doblan las campanas.



Qué bien queda plasmada en este verso lo que es para nosotros la Plaza. ¡Cuántos recuerdos tenemos todos en ella! Si nos paráramos, por un momento, a pensar recordaríamos tantas cosas vividas y tantos ratos de charla, siempre cruzándola en nuestras idas y venidas. Y muchas veces haciendo el gesto de mirar la hora en el reloj del campanario que, todavía, sigue marcando el horario de nuestra vida en el pueblo; y, hora tras hora, oímos sus campanadas, con repetición, con ese inalterable sonido de tantos años. Sonido que, sin lugar a dudas, podemos considerarlo ya como patrimonio nuestro. Cuando venimos de fuera, se nos hace familiar, y es lo que más nos recuerda y nos confirma que estamos en Villavieja. Posiblemente sea esto una de las cosas que no han cambiado en la vida del pueblo. Nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos oyeron siempre este mismo sonido de campana. El campanario preside la Plaza, y su esbelta figura acompaña a todos los villaviejenses como dijo Juan Ignacio, hasta la última hora, cuando doblan las campanas…



Sigo con su Guía:



VILLAVIEJA, forestal

con sus dehesas y cañadas,

tres hojas para labrar

y las tres con arbolada;

de encina y roble es el monte

que todo el término abraza,

fresnos y álamos esconde

en las más bajas quebradas.



VILLAVIEJA, la del teso

de la Brezosa llamada,

la que elabora el queso,

la que produce la lana

que la joven con sus manos

y la vieja con su calma

hacen de noche al serano,

jersey, media y bufanda.



La naturaleza que rodea el pueblo también llena nuestros sentidos. Oír el silencio del campo, escuchar con respeto esa orquesta sinfónica de toda clase de pájaros, o sentir sencillamente el movimiento de hojarascas al paso cauteloso de un lagarto... todo eso nos llena. Y ahora, más que nunca, disfrutamos paseando por ese laberinto de los caminos de alrededor del pueblo. Desde que empieza la primavera es frecuente ver caminantes solitarios o grupos reducidos de “paseantes” disfrutando en amena tertulia, gozando del paisaje de encinas y robles, de fresnos y álamos; y observando las enormes peñas multiformes. Largos y breves paseos, que alimentan aún más este amor nuestro por el pueblo y todo lo que él significa en nuestra vida. Haciendo estos recorridos por sus alrededores he ido conociendo esa Villavieja forestal con sus dehesas y cañadas, aprendiendo nombres que antes no conocía: Las Rades, Valdeburras, Quebrada Honda, etc...



Seguimos con la Guía:



VILLAVIEJA, la que cría

rica y abundante caza,

que es deporte y alegría

del chaval joven que salta

de peña en peña buscando

la perdiz o la gazapa,

o el conejo que arrastrando

se le oculta entre las zarzas.



VILLAVIEJA, de la piedra

que a Salamanca le manda

para sus largas aceras,

cimientos, gradas y plazas.

Piedra que se ha repartido

tan bien hecha y tan labrada

para cruces de caídos

a varios pueblos de España.



Ya en Villavieja no hay esa rica y abundante caza, que decía Juan Ignacio. O, por lo menos, no vemos los conejos que antes veíamos con solo asomarnos al zarceral y a la dehesa... Tampoco tenemos ya los canteros que artesanalmente labraban las piedras salidas de nuestras peñas y se exportaban a Salamanca y otros lugares. Con su arte y profesionalidad dieron renombre a nuestro pueblo. Considero que es un acierto de la Corporación Municipal el perpetuar su memoria en el monumento que se ha erigido en la Plazuela. En el pueblo nos quedan muchas muestras de su buen hacer, largas aceras de nuestras calles, testigos mudos de horas y horas del monótono repiqueteo de punteros y cinceles, sonido inconfundible del trabajo artesano de aquellos profesionales de la piedra de Villavieja.



Continuamos con la Guia:



VILLAVIEJA, la de calles

limpias y bien aceradas,

la de los típicos bailes

de tamboril en la Plaza,

que el mundo entero hoy admira

cuando en el cine se baila

“el cordón” que es alegría

de esta Villa noble y charra.



VILLAVIEJA, la que encierra

una juventud bizarra,

la que alegra en estas tierras

todas las fiestas cercanas.

Y, ¿qué he de decir de tus mozas?

y ¿cómo podré nombrarlas?

Son humildes y hacendosas,

y mujeres de su casa...



Siempre en Villavieja la juventud estuvo en primera fila, participando de cualquier festejo o llenando sus calles de alegría. Pero siempre estuvieron respaldados y empujados por los mayores, que marcaban día a día la tradición del pueblo. El buen entendimiento entre unos y otros ha hecho que no se fueran perdiendo muchas costumbres, como los típicos bailes de tamboril y nuestro emblemático baile del cordón. Creo que, ante los que nos han precedido, tenemos la responsabilidad de conservar la tradición que recibimos de ellos. Y todas las corporaciones municipales, la actual y las venideras, deberían poner todo el empeño en que Villavieja no pierda su esencia charra. Todos somos responsables de pasar a nuestros hijos el amor y las tradiciones de este pueblo. ¡Que no se acabe nunca el baile del cordón, y todos los bailes charros de nuestro pueblo! ¡Que no se acabe nunca el Jueves Merendero; ni la tradicional fiesta de san Sebastián; ni la hermosa procesión y misa de La Candelaria; ni la Navidad y los cantos del aguinaldo; ni la fiesta de los Quintos y la matanza en la Plaza; ni la tradicional asistencia a las procesiones de la Semana Santa, aquella Carrera masiva del Jueves Santo que llenaba las calles en su largo recorrido; ni la vaca prima en los carnavales y la merienda del hornazo en la dehesa el día de la Pascua! ¡Que no se acabe nunca la Romería a Santidad, ni la veladura a nuestra Patrona como prólogo de la Fiesta de la Perla; ni olvidemos nunca la cita que tenemos los villaviejenses en la Plaza todos los veintisiete de agosto! NADA de todo esto debemos perder. Porque aunque, desgraciadamente, el censo de habitantes vaya a menos, el amor por nuestro pueblo tiene que ir a más. Y digo esto, recordando el último verso de La Guía:



VILLAVIEJA, tierra mía,

tú eres mi pequeña patria,

termino ya con tu Guía;

pero aún todavía

me queda decirte

que eres la más grande,

la más noble, la más charra,

de todos estos lugares

del suelo de Salamanca...



Hasta aquí la hermosa poesía de J. Ignacio, conocida como “La Guía de Villavieja”. He querido servirme de ella, desgranando verso a verso y disfrutando entre sus líneas el amor a Villavieja. Esto es lo que, a mi manera, quería hoy dejar flotando en el ambiente de mi Pregón: amar Villavieja, querer Villavieja, sentir Villavieja. Y lo manifestaremos un año más, al oscurecer del día veintisiete, al igual que lo hicieran antes ese gran pueblo de villaviejenses que hemos perdido en el camino; y que en estas fechas, de una manera especial, recordamos. Estaremos todos, ellos y nosotros, llenando la Plaza hasta el campanario para saludar a nuestra Virgen de Caballeros. Esa noche, más que nunca, la Plaza volverá a ser el corazón del pueblo. Volverá a ser lo que ha sido todos los veintisiete de agosto: una multitud enfervorizada, ocupando todos los huecos de la Plaza, para recibir a su Patrona. Es un momento éste que a todos llena de emoción y mucho fervor (entre paréntesis quiero decir que la palabra fervor viene del gallego ferver, que significa hervir) y es que la Plaza en esos momentos hierve, es un hervidero de gente aclamando a su Virgen cuando, al entrar en ella, estalla en un fervoroso aplauso que a nadie deja indiferente. Todo un año esperando ese momento en que, el pueblo entero reunido en la Plaza, esperamos la llegada de la más villaviejense, nuestra Patrona la Virgen de Caballeros. Allí la aplaudimos, la saludamos, y le cantamos y bailamos alegres el cordón, finalizando ese encuentro cantando, con un nudo en la garganta, la Salve y nuestro



VILLAVIEJA, de mi amor

villa charra sin igual,

lo digo de corazón

que no te puedo olvidar;

que no te puedo olvidar

porque desde que nací

la Virgen de Caballeros

está velando por mí..



Termino ya:



En este final de Agosto es costumbre inmemorial, entre los vecinos de esta honrada Villa, celebrar las Ferias y Fiestas de su Patrona con espectáculos públicos de gran diversión y entretenimiento, que sirven para descanso y olvido de los trabajos que a cada cual ocupan y desvelan a lo largo del año. Es por eso que, con la moderación y respeto que la ocasión lo requiere, celebremos sin excesos nuestras fiestas patronales. Que nadie se quede en casa, que asistamos a todos los actos públicos, religiosos, culturales y de diversión. Que se llenen la Plaza y las calles de gente, y las Peñas nos alegren con sus camisetas multicolor.





Sr. Alcalde, con su permiso!!



Si pregonar es proclamar en voz alta algo que conviene que todos sepan, quiero que todos sepáis que LAS FIESTAS HAN COMENZADO...



¡¡VIVA LA VIRGEN DE CABALLEROS!!



¡¡VIVA VILLAVIEJA DE YELTES!!